domingo, 10 de enero de 2010

EL ANILLO DE URIEL

La nueva novela de Tito del Muro
Te avanzamos el primer capítulo

A esas horas de la madrugada, serían cerca de las dos, el barrio financiero de la capital de Espa- ña, ofrecía un aspecto bien alejado del que presentaría algunas horas más tarde.

Por el madrileño paseo de la Castellana se circulaba con fluidez y las aceras que discurrían tan- genciales a los grandes edificios de oficinas, no soportaban el paseo continuo de gentes que an- daban veloces sobre ellas en las horas punta del día. Los rascacielos dormitaban, como árboles gigantes sumidos en la penumbra del bosque.

Sus puertas cerradas, les daban el aspecto de mansiones deshabitadas. Sólo alguna luz se deja- ba ver en cualquiera de los pisos más altos, como una leve señal vital de aquel cuerpo erguido so- bre acero y hormigón.
A los pies de aquellas torres despertaban como luciérnagas noctámbulas, algunos locales de al- terne. Espacios que de día pasaban completamente desapercibidos entre el bullicio mundano de la citi, emboscados entre negocios de fotocopias, tiendas de telefonía , oficinas bancarias y de otros comercios varios.
Y cuando las sombras se hacen intensas , en el momento , en que la penumbra oculta formas y pecados entre sus pliegues , es cuando estos lujosos clubs recogían a su selecta clientela. A ellos acudían formales ejecutivos que liquidaban entre risas y alcohol su estrés diario. Hombres de negocios que pretenden comprar la voluntad de sus clientes con las generosas atenciones carna- les de las chicas del local. Juerguistas y vividores, que despilfarran tiempo y dineros en correrías. Grupos de amigos que pretenden escapar de la monotonía de sus vidas grises, de sus matrimo- nios grises, refugiándose en ese país de nunca jamás, al que siempre vuelven impulsados por el hastío de su mediocridad. Individuos torpes que no pueden conseguir el húmedo calor de una mujer si no es pagando un precio por ello, tipos pusilánimes, que sólo se reencuentran con su hombría en compañía del wiskie y pudiendo tratar con desprecio a quienes no tienen otra que soportarlos con resignación.
Unos ,respetables para una sociedad hipócrita, otros, despreciables por su bajeza, pero todos cobijados en el mismo placer, abrazados por el mismo humo que enturbia la vista no dejando ver ni tu propia miseria. Cómplices encubridores los unos de los otros.
En una de esas aceras, iluminadas tan sólo por la luz de las farolas que los tupidos árboles no llegan a atrapar, en uno de esas fachadas centellea un neón, como trampa para los revoloteado- res insectos que se acercasen por allí. La luz fluorada medio ilumina la figura, grande, plantada frente a la puerta, acentuando los rasgos duros de aquel tipo con pinta de boxeador. Su corpu- lencia apenas si cabe en el traje oscuro que viste, como disfraz.

Los taxis se detienen a la puerta, descargando a los animados clientes, por lo general en esos taxis lo que vienen son solitarios viajantes, de paso en la ciudad, que prefieren pasar las horas en ese lugar tan oportunamente recomendado por el taxista, que en la triste habitación de un hotel ejecutivo.
El portero se abalanza hacia la puerta con la rapidez que su tamaño le permite y saluda educa-damente al recién llegado mientras le abre la puerta. En ese momento, se escapan los sonidos del interior, la música y el parloteo, rompen la tranquilidad de la calle, para volver a quedar enmu- decida en cuanto la puerta se cierra y su guardián se coloca firme frente a ella.

Pero aquella noche era algo distinta de lo habitual. No se permitían clientes fuera de un reducido número de invitados a una fiesta privada que se celebraba en esa ocasión.
Ya se encontraban disfrutando de los licores y de las chicas un buen número de los selectos in- vitados cuando un coche se detuvo bajo el resplandor azulado del letrero del club. Del Mercedes clase E, oscuro, bajaron tres hombres a los que el portero había abierto la puerta solícito en cuanto el automóvil se detuvo.
Los tres hombres de mediana edad, vestían traje y corbata de descarada calidad, aunque en ellos lucieran como los trapos que visten los espantapájaros.
El tipo con aspecto de boxeador noqueado por varias, demasiadas caídas sobre la lona, les acompañó hasta la puerta que les abrió inclinando la cabeza en señal de respeto.
Los tres recién llegados continuaban con la conversación que venian trayendo, casi sin hacer caso de aquel armatoste con forma humana. Este no entendía lo que decían, pero pudo saber, quizás lo sabia ya de antes, que la lengua que hablaban era ruso.

El lujoso vehículo que les había traído arrancó de nuevo y aparcó unos metros más adelante. Cuando el motor dejó de sonar y las luces se apagaron, del lado del conductor salió el chofer, quién tras cerrar el coche con el mando a distancia, cuando este le con- firmo con dos breves pi- tidos que estaba seguro, se acercó sin prisas, a la puerta del club donde sus jefes estaban siendo recibidos por los congregados. Cuando llegó a la altura del tipo de la puerta, le saludó con un apretón de manos y sacó del bolsillo del pantalón una cajetilla de tabaco y un mechero. Ofreció un pitillo al portero y cogió él mismo uno , dando unos golpecitos sobre el paquete. Haciendo de paravientos con su mano, encendió el cigarrillo del empleado del local y prendió el suyo. La luz amarillenta del encendedor dejó ver su rostro. Era joven, cetrino. Aunque se apreciaba su exce- lente forma física, parecía un alfeñique comparado con el volumen corporal del por tero. Los dos se entretuvieron en conversar mientras fumaban. El chofer lo hacía con una mano metida en el bolsillo del pantalón, mientras se apoyaba descuidadamente en la fachada del Edificio. En esa posición, cuando el neón brillaba, se podía vislumbrar una sombra oscura y abultada, por debajo de la americana abrochada, que por la posición del cuerpo, se descolgaba de las solapas. Lo que fuera a lo que pertenecía esa sombra, producía algunas arrugas en la chaqueta, un poco por de- bajo del bolsillo de la pechera. El tipo se dio cuenta y recupero la compostura, cerrando y ajus- tando la cha queta tirando de ella hacia delante.
El cancerbero agita frecuentemente los hombros, intentando acomodarse dentro de la vesti- menta formal que requería su puesto, la cual parecía fuera a estallar de un momento a otro. Este gesto de evidente incomodidad lo repetía a cada rato, casi como si fuera un tic nervioso. Parecía que intentase hacer juego de piernas, esquivar los golpes, peleando contra aquel traje que desde luego, no le convenía a su cuerpo.
De vez en cuando, abría la puerta del club, como para cerciorarse de que todo an- daba bien. Las risotadas broncas de los hombres se mezclaban con las risitas agudas de sus acompañantes femeninos. Frases socarronas en ruso, alguien borracho ya, se arrancaba a bailar al son de la mú- sica de dudoso gusto que atronaba en la sala. Otros, quizás tan borrachos como él le aplaudían, mientras una chica se unía al baile.
El tipo, ya descamisado la agarra por la cintura mientras sostiene un vaso largo con la mano li- bre. Otras de las chicas cabalgaban a lo amazona sobre las rodillas de otros tantos de los indivi- duos que participaban en la fiesta.

La fiesta la había organizado Feodor Ivanovich para celebrar su cumpleaños. Feodor era un destacado miembro de la Hermandad Rusa Aunque hacía tiempo que había dejado de ser un simple capo mafioso, para aparentar ser un respetable hombre de negocios, que iban desde los inmobiliarios a la exportación e importación, no dejaba de ser un miembro destacado del clan.
Feodor estaba sentado en uno de los sofás que flanqueaban la pista de baile. Junto a él estaba los dos hombres que vinieron con él en el coche, sus dos “secretarios ejecutivos”. Frente a ellos una mesa con varias botellas de champagne y una bandeja de pol- vo de ángel dispuesta e en fi- nas hileras, que desaparecían rápidamente, absorbidas con un canutillo, por las cortesanas que le halagaban con su compañía.
El boxeador echó un vistazo rápido, hizo un gesto de satisfacción y cerró de nuevo la puerta, volviendo a agitarse nervioso tratando de recolocar el traje sobre su tremenda humanidad.
- Se lo están pasando en grande ¡Eh! – dijo el joven guardaespaldas mientras echaba mano a un bolsillo de la americana, sacando una bolsita de plástico transparente, con un polvo blanque- cino en su interior.
Abrió el cierre de la bolsita y depositó con cuidado parte del polvo en el dorso de la mano, lle- vándosela a la nariz con un gesto rápido. Sus fosas nasales aspiraron con fuerza la droga, y reco- gió los restos con la punta de la lengua, haciéndola pasar por las en cías. Las aletas de la nariz se contrajeron y expandieron espasmódicamente un par de veces.
- Bueno. No van a ser los únicos que se diviertan ¿No? – dijo mientras levantaba la bolsita ha- cia el corpachon de su colega que le sacaba una cabeza de altura,
Este rechazó el ofrecimiento con un gesto hosco.
- Yo no me meto de esa mierda – espetó con su vozarrón.
A pesar de su decadencia, aún conservaba ciertas buenas costumbres de su etapa de atleta.
El otro se encogió de hombros mientras se guardaba la bolsita y volvía a pasarse el dedo índice de la mano derecha por debajo de ambos orificios de la nariz.


Había pasado más de una hora desde que llegasen los anfitriones. La entrada del local estaba sembrada de las colillas de los cigarrillos que el chofer consumía casi uno detrás de otro.
Entre la vía principal de esa arteria vial de Madrid y la de servicio, se encuentra un paseo ajardinado por el que en ese momento pasaban un par de empleados municipales de limpieza, encargados de regar los parterres y el césped. Uno conducía un pequeño vehículo del que salía desde el depósito de agua situado tras la cabina, una manguera que manipulaba su compañero.
Los dos de la puerta del club los observaban según se iban acercando.
- Mira, otros pringaos currando a estas horas. –dijo el más joven de los dos matones.
El grandullón asentía con la cabeza. Evidentemente era hombre de pocas palabras.
Los dos operarios municipales se iban acercando empleados en su labor y el ruido del vehículo- bomba se hacía más fuerte a medida que llegaba.
- Me he quedado sin tabaco – dijo el chofer – me voy a acercar al coche. Creo que tengo allí otro paquete. A ver si acaba ya esta puta fiesta y me puedo ir a dormir ¡Joder! - añadió enfatizan- do en la soez exclamación.
Cruzó la acera y se dirigió al coche aparatado unos veinte metros adelante.
El portero aprovechó para echar un nuevo vistazo al interior de la sala.
Justo en ese momento habían bajado la intensidad de la iluminación casi hasta apagarla del to- do y había cesado la música.
Por pasillo que venía de la zona de servicio del bar., apareció una chica muy guapa, con un ves- tido minifalda ajustado y moviendo exageradamente las caderas al avanzar, empujaba un carrito de hostelería. Sobre el, una gran tarta, repleta de pequeñas velitas.
Acercó el carrito hasta colocarlo frente a Feodor. Al ver venir llegar a la chica, otra de ellas había apartado la mesa baja que estaba frente al sofá para dejar ese espacio a la tarta y que así Feodor pudiera soplar las velas con comodidad.
-¡Feliz cumpleaños!
Empezaron a corear todos con voz de borracho.
La chica del vestidito colocó cuidadosamente el carro frente a Feodor y cociéndole la cara con ambas manos le beso en la mejilla
- Feliz cumpleaños – dijo, manteniendo sus manos de dedos largos sobre la cara del homena- jeado.
Se oyeron pitidos, silbidos Alguien descorchó una botella de champagne y llenó una copa que ofreció a Feodor Este se levantó del sofá y cogiendo con una mano la de la mujer y con la otra la copa, levantó esta por encima de su cabeza girando la cabeza en todas las direcciones de la sala.
- Nansnarobia – Gritó
- Nasnarobia – respondieron los invitados.
Feodor se sentó de nuevo y chocó su copa con la de sus dos secretarios.
El exboxeador observaba la escena con una sonrisita que apareció sin querer en su cara de ras- gos duros, picada de viruela.
Los barrenderos habían llegado a la altura del local y el ruido del vehiculo y del chorro de agua se hicieron intensos en una noche falta de ruidos callejeros.
El chofer se dilataba sentado en el asiento del conductor, con las piernas estiradas por fuera del vehículo.
Según cerraba la puerta del establecimiento, el empleado oyó el ruido seco de varias botellas de champagne al descorcharse. Aún no había cerrado la hoja del todo cuando escucho cuatro deto- naciones más, demasiado seguidas y demasiado duras para ser de descorche. Esto lo pensó casi por instinto, pero no le dio importancia hasta que casi en seguida un chillido agudo se alzó por encima de las risas y el alboroto de la jarana. Más gritos histéricos secundaron al primero. Ruido de copas estrellándose contra el suelo, de movimientos torpes de los hombres ebrios que choca- ban entre si sin saber a donde dirigirse, confundidos y atolondrados. El local permanecía aún en penumbra.
El ruido de las labores de riego no dejó oír nada fuera del local y el chofer continuaba sentado relajadamente en el Mercedes, dejando deslizar su espalda sobre la piel del asiento.
El portero abrió de golpe la puerta y sin pensarlo se abalanzó hacia su interior.
No había traspasado el umbral cuando se encontró frente a él una figura, recortada la silueta en el claroscuro del fondo. Si vio con claridad el fogonazo que refulgió a es- caso centímetros de su cara. Aún la inmediatez, pudo conservar una mueca de aso bro e incredulidad. La bala le atra- vesó la cabeza limpiamente, y su cuerpo se desmadejó al instante.
Fuera el ruido que producía la máquina de riego cesó, los operarios hacían una pausa de des- canso, justo cuando se oyó el disparo que había abatido al exboxeador.
El chofer se tensó como un resorte y volvió la cabeza hacia la puerta a tiempo de ver como las piernas del portero se doblaba bajo el peso muerto de su cuerpo enorme. Vio como quedó hinca- do de rodillas un instante, para desplomarse hacia atrás al instante siguiente quedando boca arriba con esa máscara de muerte inesperada labrada en su rostro. De la frente le salía un chorri- to de sangre de un agujero oscuro.
Su ejecutor salió de entre las sombras, saltó por encima del cuerpo inerte, al que las luces de neón daban un aspecto de muñeco roto, y alcanzó la acera, girando hacia la derecha. Aún empu- ñaba la pistola. Vio a los dos barrenderos que se habían quedado paralizados durante los pocos segundos en que en realidad, había trascurrido toda la escena. Los miró un instante, mientras guardaba el arma, bajo la chaqueta.
Avanzó unos metros, a paso ligero y cuando estaba a punto de doblar la esquina que daba a la calle trasversal de la Castellana, sintió una especie de quemazón en la espalda. No sabía si esa picadura la sintió antes o después de oír una detonación que retumbó en la quietud de esa ma- drugada.
Continuó andando. Otro disparo. Cuando las balas alojadas en su interior se enfriaron, el dolor insoportable le hizo detenerse, llevándose ambas manos hacia atrás, intentando llegar a aquel punto donde sentía las punzadas que le atravesaban hasta el pecho.
Se giró con el semblante contraído por el intenso dolor que los proyectiles del 38 le causaban.
El chofer tenía un codo apoyado sobre el capó del coche y sostenía su revolver con las dos ma- nos para asegurar el disparo.
Las luces de las farolas se multiplicaban como gotas de luz en sus ojos empañados. El hombro derecho se vio empujado por la fuerza del impacto de otra bala, que le entró justo por encima del pulmón. Se apoyó en la pared y se dejo resbalar hasta el suelo, gateó para intentar doblar la es- quina. Siguió reptando hasta que cayó definitivamente derrumbado sobre la acera.
Por la puerta del club salín hombres y mujeres en estampida, pisoteando en su escapada el cuerpo del infeliz ex atleta que seguía allí donde cayó.


No tardó mucho en oírse el ulular de sirenas de policía que iban iluminando el asfalto de la luz azulada de sus deflectores giratorios.
El tipo agitanado, entró en el garito, a empellones con los que salían de él.
Las velas sin apagar de la tarta de celebración. iluminaban mortecinamente los tres cadáveres acurrucados como marionetas sin hilos en el lugar que fuera su cadalso.
La chica del vestidito, sollozaba de forma nerviosa, presa de un ataque de ansiedad que la tenía paralizada, mirándose con incredulidad los brazos tintos de la sangre de los asesinados. Cuando el ya ex.guardaespaldas se acercó a ella, levanto la vista y le miró con los ojos empapados y su boca pintada medio abierta, sin poder articular palabra, sólo se restregaba los brazos una y otra vez, limpiándolos contra el vestido de fiesta, intentando hacer desaparecer aquel unte, intentan- do hacer desaparecer de su memoria aquello que acababa de contemplar y que su cerebro se ne- gaba a aceptar aún como cierto.
El tipo de piel bruna la miró un momento, paseó su mirada sobre los tres cuerpos acribillados de certeros disparos hechos a bocajarro, comprobando que definitivamente se había quedado sin empleo. Salió del club y corrió hacia el coche que aún tenía las puertas abiertas. Arrancó y acele- ró con un chirriar de los neumáticos. Cogió la vía prin cipal de la avenida y con una maniobra arriesgada giró el volante para cambiar de sentido y alcanzar la carretera de Burgos. Era la vía de escape más rápida. Posiblemente después, abandonaría el ostentoso Mercedes en cualquier po- lígono de los alrededores.


Ráfagas de luz azulina se cuelan el interior desbaratado del club, Del coche patrulla detenido so- bre el bordillo salen dos agentes. Sacan sus armas girando un poco la cintura para alcanzarlas y enran con cautela en el chingre.
La muchacha que había empujado el carrito de postres, continuaba restregándose frenética- mente los brazos contra la tela del vestido. De vez en cuando se apartaba el pelo de la cara con el dorso de la mano y así, con la cara coloreada a la sanguina y los chorretones de rimel cayendo sobre las mejillas parecía una máscara de teatro Noh . Sus sollozos se habían vuelto mas quedos, pero continuaba sin reaccionar, con la mira- da extravasada en el suelo cubierto de cristales ro- tos. Ni siquiera la alzó cuando uno de los policías la cogió de los codos para levantarla y acompa- ñarla fuera donde ya una ambulancia recién llegada, descargaba al personal sanitario que la cu- brió con una man- ta térmica y la introdujo en el vehiculo del Samu madrileño. Antes acceder se giró. No se había dado cuenta del bulto generoso que, también cubierto con una manta térmica permanecía sobre la entrada embaldosada del club. Su mente sin querer relacionó aquel montí- culo dorado, sobre el que las luces del neón luminoso sacaban iririscentes reflejos , con aquel grandullón que a veces, la acompañaba a coger un taxi, y se despedía de ella con un cariñoso
- Hasta mañana reina.
A lo que ella correspondía con una sonrisa cansada pero sincera
Recordó la figura imponente de compañero, reducido ahora a un bulto del que sobresalía un puño como maza de hierro, pero que para ella demostró ser de seda cuando la ayudaba a saltar los charcos que se embalsaban junto al bordillo, los días de lluvia.
Los sanitarios la izaron con suavidad a la ambulancia que cerró sus puertas y todo aquello de- sapareció en un instante.
El artífice de aquella particular noche de San Valentín permanecía ovillado en la esquina donde sus fuerzas le fallaron. Aunque el guardaespaldas que lo tiroteó o dio por muerto, su fortaleza le permitió seguir vivo a pesar de la gravedad de sus heridas.
Una segunda ambulancia lo recogió en una camilla y partió , arañando el asfalto con sus deste- llos gualdas.



El inspector del cuerpo superior de policía, Manuel Rosales, muestra su placa al agente unifor- mado que hace guardia frente a la puerta de la habitación 309 del Hospital Universitario. Este le saluda reglamentariamente llevándose la mano derecha a la vise- ra de la gorra del uniforme, mientras su superior entra en la habitación.
La habitación hospitalaria tiene dos camas, aunque sólo una esta ocupada por un paciente, Es un hombre alto, de complexión atlética. La sábana, con el anagrama del centro sanitario, le llega hasta por debajo del pecho. Su torso aparece vendado y unos tubos de plástico verdoso, le salen de cada fosa nasal. A un lado de la cama, una mesa auxiliar soporta el instrumento electrónico que controlas sus constantes vitales.
Junto al paciente una enfermera, joven, algo guapa, vestida con el mono blanco del hospital, se encarga del aseo y las curas del doliente.
Al fondo de la habitación, una ventana, permite que la luz del día entre con generosidad, resal- tando los tonos blancos del mobiliario y lencería hospitalaria. A través de ella, se puede ver el pa- tio cercado de tres edificios que forman parte del complejo médico. Apoyado en el alfeizar, un hombre de unos treinta años, hojea una carpeta con documentos. Es el sub-inspector Damián Ferraz.
Domínguez pasa por delante de la cama, saluda a la enfermera y se dirige a su col borador que se ha levantado de su asiento y le alarga la mano.
- ¿Cómo va el angelito? – pregunta Rosales
- Pues parece que es un cabrón con suerte – responde el sub-inspector. Lo han dejado hecho un alfiletero, pero por lo que dicen los médicos, va a salir de esta.
- Aquí tengo el informe del cirujano – continua, mientras saca un folio mecanogra- fiado de la carpeta.
- Le han pegado tres tiros, del 38. Dos en la espalda y uno en el hombro. . Le operaron de ur- gencia y ahora hay que esperar a ver como evoluciona.
- ¿Y ya sabemos quien es? – preguntó Rosales, volviendo a mirar hacia el cuerpo, rendido so- bre la cama.
- Pues sí.
- Angel Yuriovich Leonov, Y lo más gracioso – lo digo por lo que acabas de decir al entrar – le llaman el ángel rojo, el ángel exterminador, por lo que se ve
- Es un sicario, un asesino a sueldo de clanes mafiosos rusos. Formado en el KGB hasta la caída del comunismo en Rusia. Ahora se vende al mejor postor.
- Y lo mejor de todo es que es de ascendencia española.
- ¡Ya!, ahora nos devuelven nuestra propia escoria. – dijo Domínguez con sarcasmo
- ¿Y los fiambres? Pregunto esta vez Ferraz.
- Tres “respetables hombres de negocios” o sea: tres capos de la Hermandad Rusa que celebra- ban una fiesta en el club. Feodor Budienny y sus dos lugartenientes
- Este Ángel que dices hizo bien su trabajo y los liquido de una forma rápida. Le encontramos una Berretta con el cargador casi vació.
- También liquido al portero del local, un desgraciado sonado que se puso en su camino.
- A él lo alcanzó cuando huía, el guardaespaldas de Feodor que estaba fuera , en el coche. Posi- blemente, le pilló desprevenido.
- A ver déjame ver el informe médico.
Echó un vistazo rápido al papel y asintió.
- ¿Ves? Dos impactos en la espalda. Si, lo pilló por sorpresa.
- ¿Lo que no se es como logró introducirse entre los invitados y menos aun llevando un hierro encima.
El sub-inspector se quedó pensativo, mirando a su jefe y dijo.
- Quizás llevaba ya un tiempo frecuentando el local, como si fuera un cliente habitual o bien tenia a alguien dentro, alguien que trabajase allí.
- Si. Si que es posible. Además , dices que tiene experiencia en los servicios de espionaje. No le sería difícil infiltrarse de esa manera.
- Y en cuanto al arma – continuó – la escondería el día anterior. Al fin y al cabo si es cierto lo que deduces, conocería el local y habría estudiado cada movimiento.
- Buscó donde ocultar la Berretta. Acudió a la fiesta y esperó a que todos estuviesen borrachos.
- Si, muy profesional.
- De lo que pasó fuera tenemos constancia – siguió relatando a su subalterno – hay testigos. Dos jardineros de esos que riegan de noche, pasaron por delante cuando se produjo el tiroteo. Y además …
- ¡ La chica! Exclamó Ferraz haciendo chasquear los dedos.
Abrió la carpeta con gesto decidido y hojeo el contendido hasta encontrar lo que buscaba.
- ¡Aquí esta! – volvió a exclamar.
- Un equipo del samu asistió en el lugar de los hechos a una chica con un ataque de ansiedad y en estado de shock. Posiblemente una de las prostitutas del negocio. Por lo que pone en el infor- me, tenia los brazos cubiertos de sangre pero no era suya, no estaba herida, por lo que debía es- tar junto a los asesinados cuando les dispararon y se salpicó de la sangre de aquellos.
- ¡Bien hecho!, dijo el inspector. Mira a ver si la localizas y hablas con ella.
- Yo voy a pedir una orden al juez para registrar el agujero donde quiera que viva nuestro ami- go. Y que este siempre vigilado. Nos puede ser útil para esclarecer muchos asesinatos sin resol- ver, pero imagino que, cuando se enteren de que en realidad sigue vivo, quieran devolverle el trabajo y liquidarlo aquí mismo. Da la orden de que doblen la vigilancia. - Terminó por decir, mientras se dirigía a la puerta.
- Muy bien jefe.
El subinspector Herranz continuo un poco más en la habitación revisando sus notas y los infor- mes.
Mientras tanto la enfermera continuaba con los cuidados de su paciente. Mientras lo hacía ob- servaba aquel rostro con cierta admiración. A pesar del aspecto que presentaba en esas circun- stancias, seguía dimanando un fuerte atractivo físico.
La sanitario contempló su piel que., a pesar de que debía pasar de los cuarenta y cinco años, sólo la surcaban una pocas arrugas de expresión en los bodes de los ojos y un leve halo gris se di- fuminaba bajo los parpados. Pero el resto del semblante conservaba la tersura de la juventud.
El pelo, de color castaño claro, ondulado, le caía en un par de mechones sobre la cara. Ella los levantó para limpiarle la frente y descubrió una cicatriz, antes oculta por el pelo, que le nacía de la raíz del cuero cabelludo y bajaba un par de centímetros hacia la sien derecha.
Las cejas, espesas pero bien dibujadas y las pestañas largas, le proporcionaban una sombra que posiblemente acentuase la intensidad de la mirada. Los párpados, ahora cerrados. ocultaban unos ojos de iris grisazulado, de una tonalidad rara y singular.
- Es un hombre guapo – dijo en voz alta la enfermera.
- Posiblemente fuese un niño rubio con cara de ángel, un querubín – continuó diciendo con dulzura.
- No se, me da la impresión de que no sea un asesino desalmado. Mas bien me parece el prota- gonista de una de esas historias de caballeros tristes y melancólicos, uno de esos personajes románticos de buen corazón, a quienes las circunstancias les convierten en perversos. Una de esas vidas azarosas, llenas de desgracias.
- La única desgracia es tropezarse con él – dijo Ferraz. Cerrando de golpe la carpeta.