miércoles, 18 de agosto de 2010

El Hacedor de relatos (semblanza de Hans Christian Andersen)

Conferencia dada en Ámbito Cultural de El Corte Inglés (Valencia)
con ocasión del Dia del Libro Infantil y Juvenil


Permítanme sumergirles en la penumbra que rodea a los sueños para hablarles de un soñador que vivió en un mundo insomne y que ha hecho soñar a millones de personas. Acompañemos a hadas y princesas, a brujas y gnomos, en una visita guiada por la vida y, sobretodo, la obra de Hans Christian Andersen.

Hans Christian Andersen fue un creador que hizo de su vida un cuento y de los cuentos hizo su vida. Un poeta que nació como patito feo privado de todos aquellos atributos que en su época, como en la nuestra, la sociedad considera indispensables para el éxito: belleza física, fortuna, abolengo. Un patito feo que, como el protagonista del cuento, se sintió rechazado por sus congéneres. Su esperpéntico aspecto físico, su extrema sensibilidad y sus inclinaciones artísticas, le hacen parecer diferente y, por tanto, despreciable en una sociedad grosera e inculta. Él, ya desde sus pasos, era un cisne entre los vulgares patos. Pero ese proyecto majestuoso de mágica transformación llegaría a ser una realidad y aquel patito feo, despreciado y humillado, sería un espléndido cisne de la literatura y la cultura, admirado y homenajeado en todo el mundo.

En muchos casos, la biografía anterior a su encumbramiento de personajes célebres es un mero apunte anecdótico, pero en el caso de Andersen los acontecimientos de toda su vida son la clave y la fuente de contenidos de toda su obra, tintada en buena parte de su propia experiencia vital y circunstancial.

Es el Andersen niño, un chico larguirucho y poco agraciado que nace en el seno de una familia muy humilde en la ciudad isleña llamada Odensee, del reino de Dinamarca, una potencia de mediana importancia en la Europa napoleónica.

Su padre, zapatero de estirpe de zapateros, pobre, pero con inalcanzado afán de ilustrado, aficionado a la literatura, influyó hasta su prematura muerte en la vocación culta de su hijo. Su madre, una analfabeta mujer de amantes y dulces maneras, piadosa y supersticiosa a la vez, ejemplo del dilema de la clase popular que se mueve entre el fervor cristiano y la pervivencia en las antiguas creencias y religiones escandinavas.

Hans Christian nace en el siglo XIX, siglo de oro de la cultura danesa, cabalgando durante toda la centuria a lomos de las corrientes románticas, enfrentándose al realismo descarnado con un idealismo ingenuo y apasionado. No es casual que encontrara en el cuento la formula de expresión narrativa perfecta, pues se dice que el auge del género de la narración corta de carácter maravilloso tiene en el romanticismo, se debe a que supone el último intento de reestablecer la armonía ideal en un mundo que, como en el nuestro, a raíz del racionalismo, se había convertido en conflictivo y caótico. La intervención de los elementos extraordinarios en el cuento, sirve para someter el caos al imperio de los valores ideales de la justicia, la bondad y la inocencia. En el mundo de la fantasía podía recobrar el escritor la paz espiritual perdida en la lucha con la existencia.

Es pues, nuestro Andersen, un fabulista del romanticismo, dado que sus cuentos no son sino fábulas, con alto contenido de ejemplo moral. Es un heredero de los escaldas vikingos, de los trovadores del mester de juglaría y, como juglar, como bardo, recorre los caminos del mundo y de la fantasía para cantar sus historias. Porque Hans Christian Andersen no es un escritor de cuentos, es un contador de cuentos, un pájaro cantor de leyendas hechas para ser oídas en las noches frías, junto a la chisporreante estufa, mientras fuera las abejas blancas revolotean. Es un seguidor de la tradición del romancero español, de las sagas célticas, de la trasmisión oral de todos los pueblos primitivos.

Como he dicho, no es un escritor de cuentos, sino un contador de cuentos, pues los escribe como si los relatase de viva voz, cosa que hacía con frecuencia en los mejores salones cortesanos y burgueses de la época. Esa manera de escribir, como de viva voz, se traduce en una prosa exenta de artificios y florituras, sin concesiones academicistas, usando un lenguaje llano, del pueblo de quien recibe la inspiración y a quien va dirigida su creación. Pero, al igual que el rey vikingo, protagonista del cuento titulado El pájaro cantor de las leyendas, él necesite que su obra se conozca, que sea cantada –leída- por muchas personas para que las hazañas de su vida y de su obra lleguen al corazón de los hombres, y así no ser un alma en pena sin descanso. La consecución del éxito fue una meta que se fijó Andersen desde muy joven, a pesar de sus, a prior, pocas posibilites, dado su humilde origen. Hans Christian Andersen tenía una fe absoluta en sí mismo o más bien en una vocación, en un destino aún no definido, que le empujaba a romper las barreras que le tenían prisionero en un mundo tan estrecho. Si bien es cierto que en todo momento se siente como guiado por la «divina providencia» hacia un destino singular, hasta el punto de considerar que todo cuanto ocurre a su alrededor, incluso las mayores adversidades, no hace sino contribuir a su realización como genio, también es verdad que su éxito es ganado con el trabajo, superando grandes dificultades, pero sin peder nunca los ánimos.

En toda creación artística, el artista, el creador, deja parte de sí mismo en cada obra. En el caso de Andersen, él entero, su vida y su alma, están encerradas entre las líneas de sus cuentos. Analizar la personalidad y el pensamiento de Andersen es tan complejo como analizar minuciosamente cada párrafo de cada uno de sus ciento cincuenta cuentos publicados, pues en todos ellos, entre sus palabras aflora su propia vida, se descubren sus experiencias mundanas y espirituales, su pensamiento filosófico y religioso, su idea de la moral y de la educación. Sus cuentos, como él mismo dice, no son cuentos para niños, son cuentos para los que leen cuentos a los niños, son obras para todos los públicos y además, estrictamente, la producción literaria del cuento es un género que sólo en época reciente ha tenido la clasificación de literatura infantil. La intención última de su obra es educar a las generaciones venideras en los valores fundamentales de la abnegación, la redención de las faltas por la entrega y el sacrificio, el amor en todas sus accesiones, la superación personal, la constancia y el trabajo, la honradez y hasta un punto de ambición, la superación de los malos augurios y las maldiciones. No se pueden leer sus cuentos sin tener presente su vida personal. En muchas ocasiones, se le ha tildado de egocéntrico y presuntuoso, pero en realidad era la llama de la genialidad la que él sentía muy adentro de sí y que pugnaba por convertirse en llamarada de talento.

De niño, cuando no estaba con su padre, Andersen solía ir con su abuela a oír hablar a las ancianas pobres de la ciudad, de cuyos labios recogió los primeros cuentos y por las que supo de las tradiciones y supersticiones populares ancestrales. Tras la muerte de su padre, comenzó a trabajar y destacó por su preciosa voz –como la de Pulgarcita y otros tantos niños protagonistas de sus cuentos-, lo cual le granjeó la simpatía de protectores poderosos, mecenazgo que buscó y obtuvo siempre, como también les ocurre a muchos de sus personajes de su imaginario fantástico. A la edad de catorce años, y sin apenas dinero, llegó a Copenhague, donde recibió clases de canto, el cambio de voz que le sobrevino al entrar en la adolescencia, trunco su idea de convertirse en un gran cantante. Las cosas entonces no le resultaron nada fáciles y probó con su otra gran aspiración: el teatro. Intervino en pequeños papeles hasta que su vida cambió radicalmente al obtener una beca de estudios y viaje gracias a la intervención de un benefactor tal fue el consejero Collins, de cuya amistad y protección gozó durante toda su vida. Empezaba a codearse con la intelectualidad de Copenhague y a frecuentar los mejores círculos culturales y sociales, aunque siempre acarreo el sentimiento, no siempre infundado, de que no le aceptaban del todo como a un igual por un derecho ganado por méritos propios.

En sus cuentos satiriza sobre la burguesía inculta, ridiculizando a una aristocracia cortesana y siempre en su característico tono humorístico, pues por otro lado, son esos mismos a quienes saetea los que le encumbran a la cima del éxito y le proporcionan las satisfacciones mundanas que necesita.

El éxito le llega primero como autor de teatro y novelista, contándose alguna de sus novelas entre las mejores de la literatura danesa y europea. Pero en efecto, el mayor reconocimiento lo alcanza a raíz de la publicación de sus libros de cuentos. Éxito que, como él lamenta, antes le reconocen allende las fronteras de su patria que en ella misma. Es un viajero incansable, de hecho nunca fundó una familia, ni tuvo relaciones amorosas estables, también porque fue rechazado por aquellas dos mujereas a quienes pretendió… Vivía en habitaciones alquiladas y comía en casa de sus amigos y benefactores, en cuyas mansiones campestres pasaba temporadas.

Su obra es tempranamente traducida a varios idiomas: el alemán, el francés, el español y es en alguno de estos países donde pasa largas temporadas, periodo en el que destacan, dentro de su larga producción, los libros de viajes. Así pues, el éxito que desde pequeño pretendió le favoreció con sus dones, convirtiendo aquel isleño patito feo en una personalidad de las letras danesas, siendo incluso comentadas sus obras en la universidad de Copenhague en vida del autor. Alternaba sus viajes por el extranjero con estancias en las ricas haciendas y mansiones de sus admiradores, en las cuales escribió muchos de sus cuentos haciendo aparecer esos lugares en sus escritos.

Pero su éxito no se limita a Dinamarca. En Alemania, de cuya cultura era gran admirador, gozaba de mucho aprecio y prestigio llegando a considerarle un alemán más. También en España, donde viajaba con frecuencia, alcanzó renombre y reconocimiento.

En resumen, gracias a sus cuentos, y en menor medida a sus novelas, Andersen se convirtió en un escritor famoso, respetado, admirado y bien considerado en toda Europa. Con ello Andersen había conseguido su gran sueño; la fama, la gloria, el éxito, que buscan y a veces consiguen también muchos de sus personajes. Siempre quiso ser un Aladino que al frotar su lámpara mágica se convierte en poderoso ser. De hecho, en su Odensee natal, las leyendas aseguraban que en el fondo de un lago se encontraba la misma China y él se sentaba en sus orillas, esperando ver aparecer a un rico mandarino que le colmase de bienes. No fueron ni un generoso mandarino, ni un genio embotellado, ni un hada los instrumentos de sus logros, sino su talento y seguridad en sí mismo. A pesar de todo ello, nunca llegó a ser feliz, pues deseaba haber triunfado en los géneros mayores de la literatura, especialmente en la literatura teatral. Aunque claro está que a esa inalcanzada plenitud gozosa también contribuyeron los desengaños amorosos y la no consecución de ese amor idealizado, lo que traspira de sus obras como un suave aunque a veces exacerbado carácter misógino, desde el punto de vista actual.

Volviendo a su obra, además de los muchos elementos autobiográficos citados, aparecen otras fuentes, ora citadas explícitamente, ora usadas de forma críptica o simbólica. El simbolismo está presente permanentemente en los cuentos, casi de forma hermenéutica. La simbología de los colores, las palabras y los personajes son de un cariz que raya lo cabalístico, como no puede ser de otro modo, dada la gran influencia recibida de las sagas normandas y los cuentos escandinavos plagados de símbolos, referencias mágicas y fantásticas. Sus narraciones se sirven a veces de referencias prestadas por otros cuentos populares no sólo daneses sino también de otras latitudes, como es el caso del cuento titulado El traje nuevo del emperador, basado en un cuento popular español. También forman parte de sus fuentes narrativas sus viajes y las vivencias en ellos acaecidas, detallando a veces topónimos y la misma realidad diaria, como hechos históricos y hasta peticiones y sugerencias de amigos también tejen el lienzo de sus creaciones.

Buscando entre los temas recurrentes que se deslizan en su discurso narrativo encontramos algunos que confirman lo ya expuesto anteriormente, sea el hecho de que sus cuentos antes que simplemente entretener, buscan ahondar en valores eternos. La religión, la piedad religiosa, la muerte como aflicción, como consuelo, como sufrimiento o redención. Temas de hondo calado metafísico, omnipresentes en su literatura. El amor, especialmente ese amor galante, con visos de caballeresco relato, un amor ideal e inalcanzable, siempre presentado como acto de entrega y de bondad. Volvemos en el repaso a estos temas a la raíz romántica a que hacíamos referencia en párrafos anteriores, que conforman un ideario universal arrancado de un hombre sensible y observador.

No obstante, como ya he dicho, si algo cabría destacar es el carácter didáctico de sus cuentos. Andersen estaba lejos de las tendencias al uso de en su época, rechazando una fidedigna reproducción de la realidad, aunque él mismo nos presente aspectos sórdidos de esa realidad pero con la intención de usarlas con fines ejemplarizantes.

Ya he dicho al principio de este escrito que sus cuentos son sólo en forma parcial para niños, ya que resulta evidente que en muchos casos un niño con su breve entendimiento sólo pueda llegar a alcanzar comprender los aspectos más superficiales y anecdóticos, sin entender el mensaje que el relato esconde en las entrañas de la narración. Quizás por ello se hayan realizado muchas versiones blandas de los cuentos.

De modo que el cosmos imaginativo de Andersen no encierra sólo lectura para esos menudos gigantes, que son los niños, sino autentica literatura. Por ello, atendiendo a la doble lectura que podemos hacer de sus obras, encontramos que las aventuras y desventuras de sus personajes llegan a cualquier lector, incluso al infantil, pero no así la moraleja final al igual que el valor literario de la narración que quedan reservado a un lector más formado y atento. Para finalizar quiero volver a citar al propio Andersen.

«Mis cuentos no son para niños, son para los adultos que leen cuentos a los niños».

Estas palabras dichas por un hombre, que nunca dejó de ser niño, quisiera que sirviesen de reclamo a quienes las escuchen y en una época, la nuestra, en que el sentimiento ingenuo, el sentido de la magia y la fantasía, la vocación humanista y altruista se pierden enterradas por el materialismo y la violencia, los inmortales cuentos de Andersen sean un medio de educar no sólo la mente sino el alma y el espíritu de las generaciones que son y están por venir. La humanidad lo agradecerá.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.