martes, 15 de noviembre de 2011

El Café de las Horas (Relato)

Qué difícil puede resultar encontrar un lugar donde pensar, cuando las ideas se agolpan en la mente, amenazando con desbordar los límites del sano juicio. Como un torrente de aguas bravas que arrastrase los limos de la razón, desfigurando las orillas que separan la cordura de la locura. Se hacia necesario dejar reposar ese magma para poder, con la ayuda del  pensar calmo, canalizar esa fuerza de forma positiva.
 Tras un largo deambular por las calles que las farolas comenzaban a iluminar, entré en un café del casco antiguo de la ciudad. Un lugar que me pareció apropiado para domar mi encabritado espíritu y detener el tamborileo de las venas en mis sienes. Aunque no era asiduo de ese local, si que lo había frecuentado de tanto en tanto. Era un espacio agradable, situado en una calle peatonal de poco tránsito,  realizado a la manera de los cafés modernistas parisinos, tan imitados por doquiera y protagonistas de tantas recrea-ciones plásticas, literarias y cinematográficas.  Mesas de velador con sobre de mármol blanco veteado y pie de forja de hierro. Sillas de evocadores trazos curvos, nostálgicas, con asiento de rejilla clara que contrasta con el negro de la madera. Los paños de pared libres de decoración, pintados de color marrón de tono medio. Típicos tópicos de cafetín tertuliano y bohemio. Aunque esta base de imaginería, se veía solapada, superada, por otra aún más potente y que realmente le daba el toque característico a ese espacio de bienestar. A esos elementos del modernismo, se añadían  grandes candelabros con velas de un blanco mortecino, bandejas  de alpaca, destacando una gran ensaladera de amplias asas y peana que la elevaba majestuosa,  dominando el centro de la barra, rebosante de flores y frutas,  de imitación a las frescas, como cornucopia de sensual significación. Hornacinas con artículos de chamarilero. Figuras de angelotes, querubines dorados Pinturas tenebristas, con formas que apenas si salían a la vista de entre el claroscuro del fondo, más oscuro que claro. Cortinajes de pesado terciopelo granate, con alzapaños de cordón dorado. Todos estos elementos le daban un acabado de teatral barroquismo. Pero también impriman al local un carácter peculiar y diferenciador. Con lo difícil que es hoy en día, un encuentro con lo original y lo personal, entre tanta imagen de marcas clonadas y repetitivos marcos escénicos clonados, amén de la ciega persecución del estilo de moda, que a base de repetirse y copiarse, pierde su originalidad como tendencia para caer en cansina monotonía estética.
  Me quité el abrigo, dejándolo colgado en un perchero de pared que se encontraba cerca de la mesa que me disponía a ocupar. Una mesa redonda, situada en un extremo de la primera nave, de las dos  en que se dividía el local. Un puesto suficientemente recogido,  pero con visibilidad de todo el resto del café, incluyendo la barra y la entrada. Una posición de francotirador,  adecuada para ver sin ser demasiado visto y para poder concentrarse en los asuntos propios, con cierta intimidad, si esa era la intención.
 Apenas me senté en la silla que estaba pegada a la pared,  de las tres que aparejaban  la mesa,  me dedique en primer lugar y como era mi costumbre, a evaluar el lugar. Aún no concurrían demasiados parroquianos, pero por la hora que era, seguro que en breve tiempo se sumarian más a esa pequeña congregación.  El camarero se acercó, dejando encima de la luna llena de la mesa, una carta plastificada. Lo hizo con un gesto no tanto brusco como descuidado, acompañado de un casi inaudible saludo. Era un tipo escurrido y bajo, con el pelo corto y tirado hacia la frente  en un flequillo despuntado. De palidez enfermiza, que se decía antes. y de ligero amaneramiento.
La clientela se repartía por lo demás  entre extranjeros, sobre todo norteamericanos, fascinados por la exuberancia tan europea del lugar;  parejas que encontraban allí un lugar romántico donde arrullarse; tertulianos nostálgicos y gentes que como yo en ese momento, buscaban un lugar donde recoger el ánimo.
  El camarero volvió a parapetarse tras la barra que semejaba un  baluarte, en su recia construcción de madera de nogal teñido hacia los oscuros, con cuarterones en el frente y tapa de gruesa cornisa escalonada. Y desde luego  era buen refugio para aquel chico, al que su corta talla no permitía sino rebasar en lo justo, los hombros y la cabeza, sobre el nivel de la barricada, desde la que miraba  entre atento y desconfiado. Le observé y esta imagen me hizo recordar otra, pues hay veces que pareciera como si las sinapsis neuro-nales se dedicasen a jugar con los recuerdos, pretéritos o próximos, en un juego de cam-balache, que termina en una rememoración que, en ocasiones, nos parece disparatada.
 Así pues, me vino a buscar una anécdota, acaecida, hacía ya bastantes años - ¡Y tan-tos! - en uno de mis viajes.

Paseaba una noche de entre semana, por una calle de Atenas, poco andada de almas a esas horas. Acababa de cenar y me dirigía al hotel sito en el centro de la ciudad dando un paseo, cuando me abordó un tipo de buen aspecto, apuntando canas y vestido de traje y corbata, quien, tras un cordial saludo en inglés me sugirió el tomar una copa en un lugar estupendo, según su verborrea de “relaciones públicas” del establecimiento. A mis veinte y no muchos años, me había recorrido medio mundo y era consciente del tipo de lugar al que me invitaba a acudir.  Bueno. Acepte el ofrecimiento con la intención de acumular una nueva experiencia vital.
   Mi curiosidad me ha llevado  siempre a mirar en todos los rincones del mundo y  de las gentes que he conocido, aunque tuvieran telarañas.
Con esta disposición y el único interés de dejar pasar algo de tiempo antes de encerrarme en la habitación del hotel, seguí al individuo unos pocos metros. Breve distancia y breve tiempo en recorrerla que mi cicerone aprovechó para preguntarme con amabilidad de donde venia, si me gustaba la ciudad y todas esas cosas que se preguntan a un foráneo.
El hombre se paró frente a un portal en el que entramos Ascendimos un par de tramos de una escalera, que más parecía el decorado de una película gótica,  para desembarcar en lo que recuerdo era semejante a una cueva de paredes desconchadas y dividida la  pequeña estancia en dos, al menos lo que estaba a la vista inmediata del cliente.  La parte anterior con la barra y otra, separada de la primera por un arco, con sofás sin respaldos, como los de las antiguas boîtes setenteras, a modo de  reservado casposo. El ambiente era propio de la cinematografía de un Berlanga  heleno. Cuatro fulanitas de tal, sin nada en ellas que merezca un recuerdo exacto,  bailaban unas con otras, de puro aburrimiento . Y tras la barra mustia, un camarero jorobado (lo juro), un Quasimodo del alterne. Lo esperpéntico del momento y el lugar, no me amedrentó sino que. al contrario, me inspiró, como fiel seguidor Valle-Inclaniano , pues era de una sordidez cándida y hasta inocente en su miseria.  Me senté con naturalidad en un taburete frente a la barra y enseguida se me acercó una chica. Un personaje  que nada tenía que ver con el cuadro al que pertenecía. Una  inglesita joven, de pelo largo, rubio y lacio. De formas menudas y semblante agradable.  Era una rosa inglesa, en un campo de cardos. No recuerdo su nombre. Quizás Jenny. Algo así me suena. Si recuerdo su  mirada lánguida y ensoñadora, acentuado ese aspecto por el color azul claro de sus ojos que se miraban en los míos del mismo color, un poco más entonados quizás.  Un encanto. Fue como tomar una copa con una amiga. Una charla exenta de cualquier referencia a su oficio y sin que mediase proposición alguna, salvo la de tener que pagarle un par de copas, como es de costumbre.  Se nos pasó el rato así, dando sorbos cortos a las bebidas que el cheposo barman nos sirvió, mirándonos a los ojos y charlando sobre su país, sobre el mío, sobre muchas cosas salvo de su vida, de cómo y porqué había acabado allí,  en aquel agujero áspero en el que no pegaba su dulzura. Era difícil,  viéndola, imaginarla ejerciendo su oficio, seduciendo a cualquier gañan insensible y tosco. Quizás fuera más fácil entender el sabor de boca que le quedase tras ese encuentro oscuro y no deseado. Quisiera haber visto tras su iris azulino su alma, las heridas en esta. Pero no. Preferí recrearme en ella misma,  apartando cualquier otra imagen recurrente, creando un espacio aparte para nosotros en ese rato, sacándola de allí en la alfombra voladora de nuestra conversación. Creo que ella lo agradeció. Lo decían sus ojos, su sonrisa.  Al día siguiente debía levantarme temprano y cuando lo creí oportuno, me despedí de ella con dos besos en las mejillas y tras saludar a mi anfitrión con un apretón de manos,  marché de allí  arrastrando una agradable sensación.  Que poco se imaginara ella que permanecería en mi memoria más de veinte años después de encontrarnos en aquel cuchitril. Yo tampoco

     Una sonrisa puso fin a ese recuerdo y me concentré en leer la carta de productos que el ambigú ofrecía..  Para cuando el escuálido  garçon, que diría el gabacho, se acercó, libreta de comandas en una  mano y haciendo molinetes con el bolígrafo, me había decidido por una sugerente combinación de té, santificado con un poco de licor. El camarero volvió grupas y al poco el silbido de la cafetera, anunciaba la preparación de mi bebida que me fue servida de forma elegante, en una pequeña tetera de porcelana, de panza regordeta y florcitas azules,  una taza a juego, donde se vertieron las gotas de ambrosia y una chocolatina, cortesía de la casa. Le di las gracias al chaval, mirándole  educadamente a la cara, aunque su rostro no esbozo gesto alguno de cortes correspon-dencia, limitándose a musitar no se que, entre dientes y volver presuroso a su santa san-torum, donde desde hacía poco. le acompañaba otro empleado y al parecer del agrado de este, pues una vez los dos tras la barra, mudó el semblante serio del explorador quien, dejando la bandeja sobre la barra, con un ademán más apasionado que el realizado al servirme a mi, intercambió sonrisas y parloteo con el compadre.
Mientras dejaba reposar el cocimiento  en su útero de loza, mordisquee la chocolatina, rasgué el sobre de azúcar, echando la mitad de su contenido en la taza, con maneras de autómata, sin mirar. La carta de productos continuaba sobre la mesa y al ser esta de un diámetro no muy grande, me producía una sensación de agobio tenerla allí, junto al servicio de té, un cenicero redondo de grueso cristal traslucido y mis trastos personales, a la sazón.  una libreta de tapas de cartón rígido y la pluma que había rescatado del bolsillo del abrigo antes de sentarme. El cenicero me era totalmente prescindible y me deshice de él dejándolo sobre una mesa contigua. Iba a hacer lo mismo con el epistola-rio cafetero cuando me fijé en el nombre que, tipografiado en letra caligráfica, de rabos exagerados, aparecía en lo que seria la cubierta, lo que hizo detenerme en mi intento de expulsión.
     “El Café de las Horas”
Así rezaba. Y me pareció un nombre peculiar  e interesante.
Pero ¿las horas de qué?
Quizás de las horas muertas, aquí pasadas. Asesinadas por la indolencia y el no saber que hacer.
De las horas vividas.  Aquellas que  marcan a hierro el alma y provocan el recuerdo.        
De la hora buena, del descubrimiento, del bienestar.
De la mala hora, en que tomamos decisiones incorrectas que nos tuercen el camino.     
  De la hora del encuentro,  en que recurres o acudes a encontrar  una ilusión el roce de una piel, de una mano que sujetar, de unos labios que besar.
 De la hora del desencuentro, del momento de la ruptura, del fin del encantamiento, de los besos que ya se volverán a dar, de las caricias que no se volverán a sentir. De las palabras que ya no se dirán.
De la hora menguada, de pésimos augurios que te oprimen el corazón y que pretendes burlar, con la ayuda del alcohol.
 De la hora tardía, en que dejaste escapar esa oportunidad de sentir, de vivir, de conocer.
 En fin, quizás de todas las horas de todas las vidas de todos los hombres. Horas iguales y distintas a las de los demás. Horas en que compartes, aunque solo sea el aire que respiras. Horas en que te sientes sólo en medio de la multitud. Horas que dedicas a los demás, a ti.
 Luego, en ese lugar y en ese momento se estaban congregando una serie de personas iguales en su humanidad y diversas en sus experiencias, en sus vidas, en  historias, particulares. Se congregaban como átomos de  un todo universal, que en si mismos eran un universo.
  Lancé juguetonamente la carta, que tras un breve planeo, aterrizó sobre la mesa con-tígua, resbalando  por  la superficie pulida,  deteniéndose en su malabarismo al chocar con el cenicero. Acerque la taza y vertí en ella el brebaje hasta casi alcanzar el borde y me la llevé a los labios para sorber la bebida con cierta precaución, ya que aún quema-ba, como atestiguan los dedos que  asían la jícara.   Tras unos sorbos, volví a dejarla so-
bre el platito y los mande a hacer compañía a la tetera al fondo de la mesa, dejando li-bre el espacio de esta más cercano a mi. Limpié con la servilleta las gotas derramadas y puse delante mía el cuaderno de notas. Lo abri y destapé  parsimoniosamente la pluma .  Tenia  sincera intención de comenzar a garabatear los pensamientos que se esbozaban en mi cabeza,  pero mi enrevesamiento mental seguía oprimiendo  mi entendimiento intelectual y no me era posible concentrarme lo suficiente para escribir algo coherente. Releí las páginas precedentes buscando inspiración, pero abandoné el intento, volviendo a tapar la estilográfica, depositándola sobre el cuaderno.
     Levanté la cabeza, apoyando la barbilla sobre la palma abierta de mi mano izquierda, hincando el codo en la mesa. En esa postura mis ojos se dedicaron, por entretenerse,  a pasear la vista  por el café de un extremo a otro de este.
     Desde que estaba allí, se habían ido sumando gentes a la velada, terminándose de reunir el elenco de la representación de esa noche, el cuál se correspondía al que yo re-cordaba de otras ocasiones. Ya se había formado un corrillo de amigos, de común deno-minador , que necesitaron juntar dos mesas, no sin estrépito, para poder platicar entre ellos, haciendo converger las cabezas hacia el centro de la elipse que formaban. No lejos de ellos, el inevitable grupo de yanquis.  Cuatro mujeres y un par de chicos, reconocibles tanto por el idioma, como por el aspecto.  Un grupito de chicas, estudiantes, por las carpetas que iban apilando en una silla y que eran las que más bulla aportaban al murmullo ambiente, que, por lógica, había ido ascendiendo en intensidad, según aumentaba el aforo, pero se mantenía en un nivel apropiado para entablar una conversación sin dejarte la garganta en la acción e incluso se hacia audible ,en sufi-ciencia, la música clásica que ofrecía a quien la escuchase, la sonorización del café.. Por supuesto, ocupando los ángulos se veían a un par de parejas y en una pequeña sección del local, relativamente separado del resto, se empezaba a formar lo que me parecía una reunión de corte tertuliano.
      Empezaba a encontrarme muy a gusto, habiéndome dado una tregua en mi lucha in-terna, atenuándose la ansiedad que esta me  producía.
     Sí, aunque en soledad, experimente el calor que proporciona un ambiente sugerente, del que el destino me había proporcionado numerosas oportunidades de disfrutar. Noches de tertulia apasionada donde confraternizaban el sol y sombra con el pacharán, la poesía con la política, el arte con la filosofía. Ocasiones únicas para el intercambio de ideas, de pensamientos y vivencias.  Cenáculos de donde salen recetas infalibles para curar todos los males del mundo.  Orgías del pensamiento de arrebatador estrado de inspiración.
     Podía haberme acercado a esa tertulia que andaba gestándose a pocas mesas de mí, pero en ese momento prefería ser espectador que actor.  Dejar de lado mi actitud de es-eta egocéntrico, para convertirme en un Flâteur romántico, dejándome seducir por  el entorno, para convertirme, parafraseando a Baudelaire, en un pintor de la vida que se desarrollaba a mi alrededor  y dejando a un lado mis propios pensamientos e inquietu-des,  para centrarme en adivinar las de los demás,  haciendo un ejercicio de ficción so-bre la vida de aquellos que se mostraban ante mis ojos
     Y después de volver a beber, ahora un trago largo, empecé a confeccionar ese libro de la historia particular de los congregados en ese universo singular en que el café se había convertido para mí en esa noche. Recorrería cada uno de los grupos para, observar sus gestos, su actitud y fisgonear en su intimidad.
  Y con este juego me dieron las horas tantas.
De nuevo la calle me recibió. Me arrebuje en el abrigo y guarde mis pensamientos, en uno de los cajones de la memoria.
Di unos cuantos pasos y me giré. Por una de las ventanas contemple el retazo visible de ese microuniverso que como un alienígena en viaje de fin de curso, acababa de visitar.
Alcé los ojos. Sobre la entrada del local el rótulo:
El café de las horas.

                                                                                           
                                      

domingo, 30 de octubre de 2011

Fecha de lanzamiento:  Noviembre 2011
 
Lo que comienza pareciendo ser un ajuste de cuentas  más entre clanes rivales de la mafia rusa va entretejiendose  con  otras historias del pasado  que justifican el presente. Lena y Marie son dos chicas que comparten piso  en Madrid  y cu- yas historias contrastan radicalmente pero que se verán  involucradas en hechos  de  sangre, víctimas  de un  siniestro  complot.Pueblan el texto otros personajes que  aportan ma- gia y misterio  a la trama garantizando el suspense  hasta el final   con  más de  una  sorpresa.  Además de mantener  la  tensión y el interés de forma constante,esta novela pone de
manifiesto ideas sobre el juego de las apariencias y lo complicado del  género humano y  sus motivaciones en la lucha  eterna entre el bien y el mal.

jueves, 2 de junio de 2011

FERIA DEL LIBRO MADRID 2.001

El próximo domingo 12 de junio de 18,30 a 21,00 estaré firmando ejemplares de "El anillo de Uriel"en la feria del Libro de Madrid (caseta 47, Almario de Libros). 


miércoles, 2 de marzo de 2011

El aliento del nigromante

Te ofrecemos los dos primeros capítulos de esta nueva novela, segunda de la saga  de El anillo de Uriel, donde encontraremos una nueva historia de suspense ambientada en la Rusia de la Revolución Bolchevique. El origen del Anillo y las visicitudes de sus portadores. Intriga, pasión y magia vuelven a estar presentes en esta novela. Acción y sorpresas.


Capitulo I


     La media luz, pálida y mortecina del atardecer se deja caer pesadamente desde el cielo plomizo. La tundra  va recogiéndose en el regazo de la cercana noche y una neblina lechosa cubre un suelo gélido.
      La tierra helada del sendero cruje con un quejido lastimero al ser machacada por los cascos herrados de caballos de capa tan negra como la vecina noche. Negrura que cabalga sobre sus lomos junto con los jinetes de igualmente tizonas vestimentas.
En la silla una escoba acompaña discordante a la espada de curva traza. El que encabeza el grupo de siniestros jinetes lleva en el extremo de un asta de lanza una cabeza de perro disecada que por el aspecto acartonado pareciera el espectro del cánido.
El bosque se calla a su paso, temeroso. Sólo se oye  el redoble de los cascos y el chirriar de las llantas metálicas de las ruedas de un carruaje que traquetea tirado por el galope de los caballos .
     De una cabaña, situada en un claro del bosque, sale un humo albugíneo, más blanco aún al condensarse por el contacto con el aire frío del exterior.
     Dentro de la tosca construcción de troncos,  un hombre enjuto  volcado sobre un banco de trabajo. En sus manos un pequeño cincel de orfebre que él maneja con la precisión de un cirujano.
      Levanta bruscamente su cabeza de la que cuelgan mechones de pelo lacio y pajizo que dejan al descubierto la mayor parte de un cráneo lechoso e irregular, al darse cuenta de que el bosque había enmudecido de repente y sólo se oía el repicar de su cincel y el crepitar del fuego encendido en el hogar que esta a su espalda.
      Sobre la mesa de madera sin lijar una pequeña caja de metal dorado, semejante a un diminuto cofre.
      No oye aún el alboroto de las cabalgaduras, pero presiente lo que esperaba que sucediera a no mucho tardar. Por eso vuelve a meter las narices en su labor.
     Sujeto por un tornillo, un anillo en cuya superficie el nigromante termina de rayar signos que se entrecruzan con volutas y detalles geométricos. El anciano termina de herir el metal completando el trabajo. Cuando lo hace, recoge el anillo y lo encierra entre sus manos.
De entre sus dedos huesudos  pareciera que saliera un resplandor. Su cara se crispa por la concentración a que se somete.
     Ahora si le llega el eco del galopar de los jinetes,  traído sobre una ráfaga de viento frío que se cuela como un fantasma por la rendija de la puerta de la cabaña.
      El orfebre sale de su concentración. Mete el anillo en el pequeño cofre. Se levanta del taburete y se acerca  hasta el hogar prendido a sus espaldas.
    Se agacha. Las llamas parece que se abren cuando el mago introduce sus manos en medio de ellas. Ni las mangas de su sayo ni la piel de sus sarmentosas manos se queman. Aparta un tronco flameante, remueve una losa suelta del piso y en esa oquedad descubierta deposita el cofre que en cuanto sus manos se retiran, queda cubierto por la losa y por las llamas.
 Justo en ese instante un fuerte golpe hace retumbar la puerta de la choza. Un segundo empellón destroza la traviesa de madera que atrancaba la puerta por dentro y el viento helado de la noche irrumpe violentamente en la única estancia de esa humilde vivienda.
Un jinete entra aún montado sobre su enorme bestia que resopla de forma furiosa. El gesto y la mirada del hombre son tan fríos como ese viento siberiano que ahora lo llena todo.
El anciano se encuentra arrinconado contra una pared con los belfos del animal sobre su cara.
El capitán del grupo de Oprichniki (1) desmonta. Otro de aquellos sanguinarios monjes guerreros coge las riendas del caballo y lo saca fuera. El capitán, uniformado con el largo abrigo negro sobre el que destaca un escudo con una escoba y una cabeza de perro, se acerca a la tosca mesa sobre la que aún están depositados los útiles de trabajo del orfebre.
Se dirige hacia este que intenta escabullirse dentro de su raído káftan de lana basta y sin teñir. El capitán de los Oprichniki le clava una mirada tan dura como el acero que acaba de desenvainar acercando el filo de la espada a la garganta del asustado ermitaño que mira con ojos espantados como la punta del arma se clava un poco en su carne seca haciendo escapar un breve hilillo de sangre.
- ¿Eres Agatan Kardjian a quien llaman el brujo armenio?
- Solo soy un humilde artesano. Fabrico joyas y mi intención y mi vida son piadosas.
- ¡Vaya! . Me habían dicho que eras un alquimista que fabrica amuletos prohibidos y resulta que no eres más que un viejo santurrón – comentó el capitán con ironía.
Agatan había recuperado un poco la templanza y se irguió aún notando sobre si la amenaza de la afilada espada curva de aquel que le interrogaba.
- Soy un artesano temeroso de Dios.
- ¡No blasfemes viejo estúpido! -gritó iracundo el hombre del arma. – Además no es a Dios a quien debes temer sino a nuestro señor Iván, porque tu eres su enemigo y nosotros destruimos a los enemigos del Zar. Los olisqueamos como los perros y los barremos de la faz de la tierra. Y tu rastro lo llevamos oliendo desde el monasterio de Thioumene donde según parece depositantes un objeto muy poderoso para que fuera usado por los enemigos del Zar, aquellos que le consideran un demonio, cuando no es si no un santo del que nosotros somos sus custodios defensores.
Agatan dejo ver en la expresión de su rostro marcado por las arrugas una desazón que le delató.
- Veo por tu cara  que sabes de que estoy hablando, ¡Viejo brujo!
El Oprichniki bajó la espada y la envainó.
- Te encargaron dos anillos gemelos. Ya tenemos uno.
 – ¡Entréganos el otro! .-exclamó apretando los dientes con furia.
Agatan apretó sus labios finos señalando su determinación de no hablar. Bajo sus casi inexistentes cejas sus ojos se abrieron y miraron directamente al que tenía delante. Los cerró justo cuando la mano enguantada del capitán le propino un fuerte puñetazo que hizo que girara en redondo y cayera derrumbado al suelo.
El soldado permanecía junto a él cuando pudo levantar la cabeza. Su barba lacia se teñía del rojo de la sangre que brotaba de su labio partido.
¿Dónde está? – volvió a gritar el agresor.
Los labios del anciano continuaron sin despegarse.
La rabia se dejaba escapar por los ojos encendidos del Oprichniki, que lanzó una patada a las costillas del bulto pardo que era el armenio, sacando de este un chillido agudo de dolor.
El jefe de esa guardia siniestra lo dejo retorciéndose por el dolor de la costilla fracturada y dio un par de vueltas por la cabaña, olisqueando como un sabueso, escrutando el espacio como una rapaz.
A los pies del camastro descubrió un gran baúl. Lo abrió.
En su interior encontró almireces de distintos tamaños, un hornillo, moldes de piedra, diversas herramientas y otros artículos de los que desconocía su nombre y uso. También una cantidad de gruesos volúmenes manuscritos encuadernados en piel.
El oficial cogió uno de ellos. Sostuvo el pesado libro con ambas manos, lo abrió y pasó la vista sobre los textos con una mirada de desden.
Estaba escrito con unos signos alfabéticos que no entendía.
- ¿Y esto? – preguntó al maltrecho anciano que intentaba recuperarse y había logrado sentarse apoyando la espalda contra la pared.
- Son tratados relativos a mi oficio.
- Pues yo pienso que más bien son libros dictados por el mismo Satán y escritos en su lengua infernal.
- Ese es un libro sobre metalurgia muy antiguo y esta escrito en hebreo.
El capitán de la guardia negra tiró el volumen al baúl. Se volvió hacia la puerta donde aguardaba el resto del destacamento y ordenó.
- Llevaos el baúl y sacad a este hombre de aquí. En Alexandrovskaya Sloboda (2), cuando este sobre el potro, hablara. Confesará sus crímenes contra el Zar.
Entraron cuatro guardias que cumplieron la orden recibida. Dos más lo hicieron a continuación.
-Registrarlo todo –volvió a mandar imperativamente el capitán  – levantar las losas del suelo si es preciso.
Él mismo se dedicó con diligencia al registro, pasando la punta de su daga por entre los resquicios de los troncos que formaban las paredes.
Uno de los Oprichniki rasgó el colchón de paja que estaba sobre el camastro, desparramando el contenido por el suelo.
Pronto no quedó un palmo de espacio por revisar. Entonces el capitán se acercó al hogar de piedra.
Pareciera como si las aletas de su nariz se abrieran para husmear un rastro.
Con la espada empezó a remover los troncos prendidos. Entonces el fuego se avivó de forma sorpresiva y virulenta. Un lengua de fuego golpeó al Oprichniki como si fuera la espada flamígera del guardián del Edén. El ropaje del capitán se prendió de aquel fuego.
Despavorido salió de la cabaña dándose manotazos a los faldones del largo abrigo para apagar las llamas.
El fuego también prendió en la paja seca desparramada por el suelo y enseguida las llamas crecieron amenazando con consumirlo todo.
El resto de los Oprichniki escaparon con prisa de aquel lugar cuyas paredes resinosas eran fácil combustible.
Al infeliz y dolorido alquimista lo metieron en el carruaje a empellones y sin miramientos de su edad ni huesos fracturados.
Los soldados montaron sus corceles alicuervos y el grupo tomo de nuevo el sendero sobre el que empezaban a caer copos de una nieve cansina, como si  la naturaleza quisiera borrar  cualquier rastro dejado por el grupo de muerte, cualquier signo de su paso por aquel bosque ya tomado del todo por las sombras de la noche que se veían disueltas  allí donde las llamas  devoraban la cabaña del armenio.



Frente al altar de la iglesia de Pokrovskaya, un hombre vestido con rico kaftan adornado con  brocados de oro se encuentra postrado de rodillas con la cabeza pegada a las frías piedras del piso.
Iván Vassilievich levanta un momento la cabeza y la vuelve a dejar caer con fuerza sobre el suelo golpeándose la frente con furia, frente que atestigua con sus lesiones las muchas veces que la ha golpeado como acto de constricción.
Cada mañana aquél que seria conocido como  Iván IV Groznyi (3), , primer Zar de Rusia, expiaba las atrocidades cometidas el día anterior y lo hacía con suma devoción y entre grandes y dramáticos gestos
Pero a la noche siguiente, en las mazmorras de Alexandrovskaya Sloboda su espíritu envenenado por la ira, el deseo de venganza y la cólera, le impulsará de nuevo a ejercer las mayores torturas con crueldad y ensañamiento inimaginables sobre todo aquel que se opusiera a su poder.
Su cerebro, emponzoñado por la sífilis le ordenaba esas ejecuciones inhumanas, muchas veces realizadas con sus propias manos.
Iván Vassilievich recoge el largo bastón de mando que reposa en el suelo junto. Apoyándose en el se incorpora lentamente. Su rostro ojeroso , las comisuras de sus labios caídas, las arrugas que cruzan su frente dolorida por la penitencia inflingida, todo ello denotan el sufrimiento interior pasado en esos momentos de arrepentimiento que deja secuelas en su cuerpo y su espíritu.
Se acerca hasta un banco de piedra situado en un lateral y se sienta con gesto cansado, recuperándose del tormento físico y mental de sus horas de oración.
Ninguno de los presentes osa molestarle en esos instantes.
Por fin el Zar levanta la cabeza que mantenía caída sobre el pecho.
Se mesa la larga barba.
Todos los que habían permanecido junto a él en esas horas devotas esperaron a que en su gesto y en sus ademanes, se observara el regreso del Cesar, del gobernante.
Pronto Iván recupero el porte.
Fue entonces y sólo entonces cuando uno de sus consejeros se acercó a él y le susurró algo.
Iván Groznyi asiente con la cabeza.
- Traedle a la sala del trono – ordenó a quien con una reverencia se dispuso a cumplir la orden.


En medio de aquella sala de techos nervudos por los cruceros de las bóvedas, de baja altura y no grandes dimensiones, lejos de la suntuosidad e sus iguales en las cortes de los reinos europeos de la época, sin el oropel y magnificencia de aquellos. En medio pues de esa estancia, elevado sobre una tarima y rodeado de una gran alfombra, se situaba el trono del Zar. Un asiento pesado realizado en marfil.
El capitán de los Oprichniki se acerca al soberano y se arrodilla frente a él.
- Levanta y cuéntame – dijo el Zar.
- Siguiendo vuestras órdenes hemos capturado al nigromante servidor de los boyardos traidores. Aunque no hemos encontrado en él ni en su vivienda, el objeto que buscábamos. Así que lo hemos traído hasta aquí para que lo sometáis a tortura hasta que confiese sus crímenes y revele el paradero del anillo.
- Habéis hecho bien. Además, tengo curiosidad por saber de su oficio. Según nos informaron, ha recorrido todo oriente y las tierras de Persia y Tierra santa, acaparando conocimientos.
- Los boyardos buscaron un buen alidado. Antes de matarle quiero que nos entregue no sólo ese objeto de, según dicen tan poderoso poder, sino también el resto de sus conocimientos.
El oficial de los Oprichniki continuaba arrodillado.
- Encontramos en su cabaña un baúl lleno de volúmenes de alquimia y otras ciencias ocultas que se escapan a mi conocimiento.
- Muy bien. Haremos que los estudien nuestros eruditos.
- Gracias capitán. Nos habéis servido bien.
- Ahora traerme a ese traidor.
Iván  hizo una señal a uno de los que estaban en aquella sala, el cuál se acercó a él recogiendo en su oído el encargo que se le hacía y que se apresuró a cumplir saliendo por una de las puertas ojivales que daban al salón.
Al poco, por la puerta principal, de doble hoja de madera gruesa y que enfrentaba con el trono, reapareció el capitán de los Oprichniki seguido de dos de aquellos siniestros servidores del reinado de terror impuesto por el Zar.
El  maltrecho Agatan se dejaba arrastrar por sus guardianes que lo llevaban sujeto uno de cada axila, lanzándolo contra el suelo a los pies del trono del Zar mientras ellos hacían una profunda reverencia y se retiraban unos cuantos paso atrás.
El capitán permaneció arrodillado junto al preso a quién sujetaba la cabeza contra el pavimento.
- Suéltalo – dijo Iván Vassilievich dirigiéndose al capitán de su guardia pretoriana, de esa policía represiva de la que tan bien sabía servirse.
- Dudo mucho que este despojo pueda hacerme ningún daño. – continuó diciendo mientras miraba con desden el cuerpo aplastado contra la alfombra.
Agatan Kardjian se  incorporó, quedando de rodillas frente al Zar. Mantenía la cabeza gacha tocando su barba el pecho que se agitaba irregularmente por el dolor y la falta de aire debido a que una astilla de la costilla rota le empezaba a perforar un pulmón.
Pero no salió el más mínimo quejido de su boca. El asceta sabía cómo controlar el dolor. Y no quería dar el gusto a sus captores de verle sufrir.
Iván acercó la punta de su larga vara a la barbilla del alquimista obligando a enseñarle su rostro, aunque los ojos permanecieran testarudamente mirando al suelo.
- Veo la sabiduría en tu rostro. Sé reconocerla – comenzó a decir el Zar en un tono cercano a lo amable y considerado.
El mal que le devoraba y que le había llevado a la esquizofrenia, provocaban en él cambios radicales de humor que iban del talante más sereno a la ira más desatada.
Sin embargo empezó a mostrarse tolerante y respetuoso con el anciano.
- Se que eres un hombre sabio. ¿Porqué entonces has preferido poner tu sabiduría al servicio de los enemigos de Rusia en vez de servirme a mi?
- Yo no sirvo más que a la Luz.
- ¡Ah! ¿Entonces quieres decir que yo pertenezco a las tinieblas?. Yo que he abierto Rusia al mundo convirtiéndola en un imperio. Yo que he expulsado a las hordas infieles. Yo que he construido iglesias por doquiera.
- Todo es cierto – arguyó Agatan Kardjian – Pero igual de cierto es que habéis creado un imperio basado en el terror y en la sangre.
- En la sangre, si. En el terror, si. Pero es la sangre de aquellos que se oponían a Rusia y a su pueblo la que he derramado. La de esos boyardos ambiciosos cuyo único interés es el de continuar disfrutando de sus privilegios.
En cuanto al terror. No hay otra forma de hacer entender que la grandeza de mi misión en esta tierra jamás se va a ver amenazada.
En ese momento volvió a abrirse la puerta lateral. El consejero del Zar se acercó al trono. En sus manos llevaba un pequeño cofre de metal dorado.
A una señal de su señor lo abrió, mostrando el contenido al orfebre.
- ¿Reconoces este objeto? – preguntó Iván Vasilievich.
- Si.
- Según ha confesado aquel que lo tenía es una especie de talismán que el traidor Serge Massolow os encargó y que posee un poder muy fuerte que pensaba emplear contra mí, usando cualquiera que sea el hechizo que este anillo provocase.
- Os equivocáis –rebatió Agatan – Ese anillo esta forjado siguiendo un proceso secreto que ni la más dolorosa de las torturas que podáis inflingirme conseguirá que os revele.
También os equivocáis en su uso. El anillo es efectivamente un talismán, pero de protección, no un instrumento ofensivo.
- ¿Un amuleto protector decís?
- Si. Me fue otorgado un poder. El poder de ser el artesano de la Luz. A través de Uriel. el arcángel de la Luz, el Bien supremo me concedió la facultad de traspasar el poder de protección a algunos objetos como este anillo, en cuya piel esta grabado la invocación a tal poder.
Los ojos de Iván centellearon y el puño metálico de su bastón alcanzó la cabeza del nigromante. Ivan había asestado el fuerte golpe movido por un ataque de ira.
-¡Proteger de mí¡ - gritó preso de la furia.
El anciano intentó sacudirse el aturdimiento que el golpe le había procurado.
- Proteger del demonio que lleváis dentro.
La ira del Zar iba en aumento.
- Yo soy el constructor de la Nueva Jerusalén. Yo soy quien invoca la protección de toda la corte de ángeles para mi y para mi pueblo.
- El único ángel a quien podéis invocar vos es a Luzbel, aquél cuya soberbia y locura hizo perder su puesto en la Luz y caer en los abismos de la oscuridad y la ignonímia.
Iván Vasilievich saltó de su trono y se acercó a una ventana que daba a los exteriores del recinto del kremlin de Alexandrovya.
- Miró por esa ventana.
Sin volverse hizo una seña con el brazo
- ¡Traedlo aquí¡ - ordenó.
Los dos Oprichniki que custodiaban al preso lo alzaron por las axilas y arrastraron hasta donde estaba el Zar.
- Levántate y mira ahí – dijo este
Agatan obedeció no sin esfuerzo pues cada vez le era más difícil respirar y casi no le quedaban fuerzas físicas, aunque, como había demostrado hacia unos instantes le sobrasen fuerzas de ánimo y espíritu.
En  la explanada que se veía junto a los muros de la ciudadela estaba congregado un gran gentío que al ver a su Zar prorrumpieron en vítores y alabanzas.
De entre la muchedumbre se distinguían a varios sacerdotes que portaban grandes cruces ortodoxas y estandartes con la imagen de la Virgen de Kazán. Alguno de los religiosos elevaba sobre la cabeza iconos policromados representando a San Basilio y otros santos.
- ¿Los ves?. Vienen cada día a pedir que vuelva con ellos, que no les abandone. Son el pueblo de Moscú, pero representan a todo el pueblo ruso.
Ellos me aman, los patriarcas de la iglesia me bendicen.
- En un monarca como vos, el amor puede confundirse con el miedo. Además el Mal puede adoptar muchos disfraces y confundir a los sentidos incluso al entendimiento.
A pesar de que Agatan continuaba con su ataque, el Zar no perdió nuevamente la calma, si no que muy al contrario, puso una mano sobre el hombro del anciano y le miró con benevolencia.
- No soy el demonio que pensáis, aunque reconozco que muchas veces la ira invade mi espíritu y mi mano comete actos que mi corazón repudia y debo expiar mis faltas cada día con la oración y la penitencia.
- Pero no soy un demonio.
- Así pues, ¿ porqué no compartes tu sabiduría con migo?. Son muchos los enemigos que tengo. A mi esposa la envenenaron y cada día descubro algún complot contra mi.
El anciano Agatan negó con la cabeza.
- No puedo hacerlo.
El gesto amable de Iván mudó de nuevo y su rostro se crispó.
- Pues comprueba entonces en tus propias carnes mi crueldad, esa de la que tan libérrimamente me acusas.
Los dos guardias recogieron violentamente al anciano y desaparecieron con él.
Iván se sentó en el trono. Su semblante reflejaba una pesadumbre que sorprendió a todos los presentes.
- Guarda ese anillo en el tesoro. – ordenó a su consejero.



En las catacumbas del castillo el dolor y el sufrimiento rezumaban de las paredes frías y húmedas. Los gritos de dolor, del dolor insoportable de los torturados, llegaba a cada rincón de esas lóbregas estancias.
Agatan tirado sobre un montón de paja, tras los barrotes de una exigua celda, consumía sus últimos momentos de vida. La perforación del pulmón ya era un hecho y comenzaba a encharcarse.
Sus servicios a la Luz le habían ganado el favor de evitarse la agonía de la tortura.
Al expirar abrió la boca de la que escapó una energía que se hacía visible en la forma de una bruma que se alzaba como el humo de una hoguera que se apaga y que llegando al cercano techo se filtraba por los resquicios de entre las piedras, liberándose de la prisión donde yacía el cuerpo exánime del forjador de aquellos anillos destinados s reunirse de nuevo en uno sólo.

(1 Oprichniki : cuerpo armado  pesudo monacal y militar formado por el Zar Iván IV que actuaban como policía represora, famosos por la violencia con que ejercían su función.
 (2), Alexandrovskaya Sloboda: Población situada a 120 kms de Moscú donde Iván IV traslado su corte por algún tiempo
 (3) Iván IV: Groznyi : Iván IV “El terrible.




Capítulo II



El sol apenas si se había levantado un par de palmos sobre el horizonte cuando un grupo de hombres vociferantes  recorría el bosque cercano al pueblo siberiano de Pokrovskoie
La tarde anterior un leñador se había hecho acompañar de sus hijos para que le ayudasen y en un descuido la pequeña Ilina de ocho años, se perdió, secuestrada por la maleza.
El grupo de paisanos con el leñador a la cabeza recorrían los senderos llamando a la pequeña con voces que rebotaban en cada árbol y que hacían alborotar a los pájaros que aleteaban nerviosos alzando el vuelo sobre las cabezas de los hombres en cuyo interior, los pensamientos se acercaban más al desánimo que al optimismo. A ninguno se le escapaba que sería un auténtico milagro que la niña hubiera sobrevivido a la noche en el bosque. En el mejor de los casos, el frío la habría dado una muerte dulce e indolora. En el peor, su cuerpecito se habría visto desmembrado y devorado por los lobos. Sólo un ángel habría podido protegerla en esa noche.
Mientras la batida continuaba incansable su búsqueda, en el pueblo las mujeres rezaban en la iglesia local. Habían estado toda la noche de vigilia, implorando la protección del cielo para la pequeña Ilina.
Un joven se había unido a la partida de aldeanos, a pesar del recelo del resto de convecinos, pues se le tenía por cuatrero y no habían sido pocas las veces que su espalda había soportado los latigazos suministrados como castigo por haberle sorprendido robando. Pero toda  ayuda era poca en ese momento de angustia y Grigori Yefímovich, cual era el nombre del joven, caminaba haciendo bocina con las manos.
- ¡Ilina! ¡Ilina!
Pero sólo el siseo de las hojas de los árboles y el ruido de sus propios pasos respondían a su llamada.
Algo le hizo apartarse del grupo. Era una fuerza interior que nunca antes había sentido y que orientaba sus pasos exentos de voluntad propia.
Así, movido por esa intuición jamás experimentada, alcanzó lo que por las trazas parecía un antiguo sendero mucho tiempo ha dejado de transitar por hombres o bestias.
Lo siguió como el navegante sigue a la Polar.
El sol ya alto,  se filtraba por entre las copas de los  árboles y uno de esos haces de luz  pareciole a Grigori que le guiara,  ensimismado y aturdido como estaba  por la sensación tan extraña que se apoderaba de su espíritu y de su voluntad.
Llegó a toparse con los restos de una chimenea de piedra, bastante deslavazada y medio cubierta por la vegetación. También descubrió unos restos de troncos renegridos, de lo que enseguida supuso eran los despojos de una antigua cabaña.
Apartó la maleza y sus ojos azules se abrieron en demasía al descubrir el cuerpo de la niñita acurrucado dentro de la hornacina de piedra del antiguo hogar.
Se acercó a ella temeroso, con el corazón palpitando de forma apresurada.
Apartó el cabello de la niña y contempló su rostro aviolatado. No se movía. Estaba recogida sobre sí misma, ovillada dentro de aquel seno de piedra antigua.
Tocó la frente de la pequeña. Estaba fría, con un helor que pretendía ser el de la propia muerte.
Grigori  había crecido asilvestrado, lejos de las leyes de los hombre y de las creencia religiosas,  y por ello falto de moral y de piedad a partes iguales. Pero en ese momento una oración espontánea le vino a los labios. Recogió el pequeño cuerpo exánime y lo apretó contra si mientras seguía recitando esas oraciones nunca aprendidas,  pero que le llegaban ahora de forma clara a su mente y a su boca.
Un leve movimiento de los parpado de la niña fue el primer signo de una vida recobrada. Abrió por completo sus ojos que se cruzaron con la mirada garza de su rescatador en quien se mezclaban el temor con la alegría, la incredulidad con la certeza.
La pequeña le miró con ojos agradecidos sin que él supiera cómo se había obrado ese milagro. Quizás no estuviera muerta, sino aletargada por el frió y el cansancio y el calor de sus manos y de su cuerpo la hicieron recuperarse. El hogar de piedra la habría protegido de las alimañas y el frío.
Pero él sintió un escalofrío recorriendo su espalda, como si hubiera sido un poder sobrenatural el que a través de él hubiera resucitado a la pequeña.
Se incorporó con la criatura en brazos y empezó a gritar como un loco.
- ¡Aquí! ¡Aquí! ¡La he encontrado!
Los árboles hicieron de correveidile e inclinaban las copas de unos sobre las de los otros trasmitiéndose el mensaje hasta que este llegó a los oídos del resto de la partida de búsqueda.
El padre de la niña aguzó el oído para averiguar de donde venían esas palabras benditas. Le pidió al viento que le guiase hacia el lugar de donde procedían y este le complació. Pronto todo el grupo se congregó junto a Grigori que entregó la hija su padre quien desecho en lágrimas la abrazaba y la besaba sin parar.
Los convecinos palmeaban la espalda del proscrito felicitándole por el feliz hallazgo. Este no sabía cómo reaccionar ante aquello. Cuando el leñador se deshizo de la angustia retenida durante esas horas de incertidumbre se acercó a Grigori  y sosteniendo aún a su hija, le beso en la boca como señal de agradecimiento.
- Gracias Gricha (1), Gracias por encontrar a mi pequeña.
- Ha sido el mismo Cielo el que ha guiado mis pasos.
Todos los presentes se quedaron estupefactos al oír hablar de ese modo a aquel al que llamaba Rasputin, el depravado, por su vida licenciosa de fechorías y crímenes.
Se miraban unos a otros comentando en voz baja. Algo había cambiado en el áurea de Grigori. Algo muy dentro de él que le hacía pronunciar esas palabras y que le impulsó a poner su mano sobre la frente del leñador y sobre la de su hija, como un sacerdote impone las manos a los fieles.
El leñador le miraba poseído por el encantamiento repentino que la mirada y todo el ser de ese Rasputin, provocaba en él y en sus convecinos.
- Pronto serás conocido no como  Grigori starets, el venerable – dijo el leñador de forma profética.
Todo el grupo emprendió el regreso al pueblo, al que llegaron con gran jarana y muestras de alborozo.
No tardó mucho en correr por toda la pequeña población la noticia de que el despreciable Rasputin había sido el que había encontrado a la pequeña Ilina y que incluso la había devuelto la vida que tenia perdida gracias al poder de sus oraciones.
Grigori por su parte se dejaba felicitar y agasajar. Las mujeres le besaban las manos y los hombres se disputaban su compañía.
A la noche la excitación del día y de los extraordinarios sucesos acaecidos en esa jornada, además del vodka consumido en la celebración del feliz desenlace,  rindieron a los habitantes de Pokrovskoie que se fueron retirando a sus respectivos lares para allí dejarse abrazar por el sueño.
Pero  Grigori Yefímovich no podía dormir. Hacia ya mucho que su mujer y sus hijas estaban en la cama. Salió a la puerta de su casa y se sentó en el suelo. El cielo estaba particularmente límpido esa noche y de la cúpula celeste colgaban miríadas de estrellas , como si todo el firmamento hubiera salido a pasear en esa noche, asomándose los astros al balcón para contemplar a la tierra desde su atalaya.
Grigori miraba a ese cielo estrellado buscando una respuesta. Sus ojos iban desde ese infinito de color cobalto a sus manos que miraba una y otra vez, preguntándose una y otra vez qué le había impulsado a imponerlas sobre padre e hija en un acto tan impropio de su condición impía.
Y una y otra vez y otra vez y una, recordaba la fuerza sobrenatural que había conducido sus pasos hasta aquel lugar y se preguntaba si algún espíritu, quizás el mismo Dios se había encarnado en él dándole poderes extraordinarios.
Y en esto sorprendióle el alba.
El sol en su levantar iba barriendo a las estrellas y a los astros de la noche y Grigori se levantó a su vez del suelo donde había permanecido toda la noche velando sus propios pensamientos.
Se encaminó hacia el bosque. Pensaba encontrar respuestas allí mismo donde comenzara a gestarse la inquisición que le azotaba por dentro.
Se dejó conducir por el propio bosque y se reencontró con los restos de la cabaña largo tiempo abandonada y preservada por la foresta como un altar dedicado a antiguas y poderosas deidades,
Se arrodilló frente al tabernáculo de piedras renegridas donde encontrase a la niña, Escrutó esa hornacina convertida en sagrario por Abatan Kardjian casi cinco siglos antes.
Se descubrió de nuevo a si mismo recitando una oración desconocida dicha en una lengua desconocida pero que él pronunciaba como si fuera la propia.
Una especie de bruma se concentró sobre las piedras planas del otrora cálido llar .
Grigori la aparto con suaves manotazos. Levantó por instinto una de esas piedras planas y gruesas.
Sus ojos casi se salieron de sus propias órbitas al descubrir el pequeño cofre dorado.












martes, 1 de marzo de 2011

MUERTE POR PALABRAS (Relato breve)


Celestino Dominguez se detuvo a la entrada de aquél callejón sin salida y sin iluminación.
Había escogido bien ese barrio para concertar la cita. Un café recoleto  y algunas tiendas que hacía un rato ya que habían echado el cierre.
Ese anochecer de invierno frío y lluvioso no invitaba a salir de casa.
Él lo había hecho. También esa mujer. ¿Cómo había dicho que se llamaba …?.
Los dos sentados en ese cafetín diciéndose boberías.
-       Sobre todo ella – se dijo para sí –  Pero claro sólo las más tontas acuden.
-       Se creería que me iba a impresionar con ese vestido de floripondios y esa colonia.
Sintió frío y  levantó las solapas del abrigo. De un bolsillo de este sobresalía un periódico enrollado. Encendió un pitillo con una cerilla.
Dio un par de caladas expirando el humo que se confundía con su propio vaho.
Se quedó  pensativo, fumando bajo el alero del edificio y conversando consigo mismo
No había tenido una buena semana. Bueno, ni un buen mes. Ni un buen año. ¡Qué carajo! Toda su vida era un asco, con el cabrón de su jefe siempre detrás de él :
Domínguez esto. Domínguez lo otro. Domínguez es usted un inútil. Si por mi fuera  …
Menos mal que, de vez en cuando alguna estúpida cateta me alivia la frustración
 Como esta … ¿Paquita? ¿Juanita … Es igual. Pero seguro que terminaba en –ita. Todos los nombres de estas desgraciadas acaban en –ita.
 Se metió la mano por debajo del abrigo. En el ojal de la chaqueta aún llevaba prendido ese clavel rojo. Lo  besó  y tiró  al  callejón. Empezó a andar perdiéndose  calle arriba.
Al poco alcanzaron el callejón una pareja de novios que andaban muy juntos bajo un único paraguas. Se detuvieron y besaron  apasionadamente ocultos tras el paraguas.
Una racha de viento  lo lanzó al fondo del callejón. Fue  la chica quien  corrió a por el
Un chillido agudo se escuchó incluso por encima del murmullo de la lluvia. Los ojos de la muchacha, muy abiertos por el espanto descubrieron a aquella mujer tirada en el frío suelo. En su cuello un gran tajo del que brotaba una sangre oscura que teñía su vestido estampado con grandes flores. A sus pies un clavel rojo y a un lado un periódico abierto por la sección de anuncios por palabras. En el apartado de relaciones y señalado por un círculo hecho con lápiz de labios se leía:
Caballero maduro  viudo, de posibles, desea conocer  mujer respetable. Fines serios


Tito del Muro, febrero de 2.011