martes, 15 de noviembre de 2011

El Café de las Horas (Relato)

Qué difícil puede resultar encontrar un lugar donde pensar, cuando las ideas se agolpan en la mente, amenazando con desbordar los límites del sano juicio. Como un torrente de aguas bravas que arrastrase los limos de la razón, desfigurando las orillas que separan la cordura de la locura. Se hacia necesario dejar reposar ese magma para poder, con la ayuda del  pensar calmo, canalizar esa fuerza de forma positiva.
 Tras un largo deambular por las calles que las farolas comenzaban a iluminar, entré en un café del casco antiguo de la ciudad. Un lugar que me pareció apropiado para domar mi encabritado espíritu y detener el tamborileo de las venas en mis sienes. Aunque no era asiduo de ese local, si que lo había frecuentado de tanto en tanto. Era un espacio agradable, situado en una calle peatonal de poco tránsito,  realizado a la manera de los cafés modernistas parisinos, tan imitados por doquiera y protagonistas de tantas recrea-ciones plásticas, literarias y cinematográficas.  Mesas de velador con sobre de mármol blanco veteado y pie de forja de hierro. Sillas de evocadores trazos curvos, nostálgicas, con asiento de rejilla clara que contrasta con el negro de la madera. Los paños de pared libres de decoración, pintados de color marrón de tono medio. Típicos tópicos de cafetín tertuliano y bohemio. Aunque esta base de imaginería, se veía solapada, superada, por otra aún más potente y que realmente le daba el toque característico a ese espacio de bienestar. A esos elementos del modernismo, se añadían  grandes candelabros con velas de un blanco mortecino, bandejas  de alpaca, destacando una gran ensaladera de amplias asas y peana que la elevaba majestuosa,  dominando el centro de la barra, rebosante de flores y frutas,  de imitación a las frescas, como cornucopia de sensual significación. Hornacinas con artículos de chamarilero. Figuras de angelotes, querubines dorados Pinturas tenebristas, con formas que apenas si salían a la vista de entre el claroscuro del fondo, más oscuro que claro. Cortinajes de pesado terciopelo granate, con alzapaños de cordón dorado. Todos estos elementos le daban un acabado de teatral barroquismo. Pero también impriman al local un carácter peculiar y diferenciador. Con lo difícil que es hoy en día, un encuentro con lo original y lo personal, entre tanta imagen de marcas clonadas y repetitivos marcos escénicos clonados, amén de la ciega persecución del estilo de moda, que a base de repetirse y copiarse, pierde su originalidad como tendencia para caer en cansina monotonía estética.
  Me quité el abrigo, dejándolo colgado en un perchero de pared que se encontraba cerca de la mesa que me disponía a ocupar. Una mesa redonda, situada en un extremo de la primera nave, de las dos  en que se dividía el local. Un puesto suficientemente recogido,  pero con visibilidad de todo el resto del café, incluyendo la barra y la entrada. Una posición de francotirador,  adecuada para ver sin ser demasiado visto y para poder concentrarse en los asuntos propios, con cierta intimidad, si esa era la intención.
 Apenas me senté en la silla que estaba pegada a la pared,  de las tres que aparejaban  la mesa,  me dedique en primer lugar y como era mi costumbre, a evaluar el lugar. Aún no concurrían demasiados parroquianos, pero por la hora que era, seguro que en breve tiempo se sumarian más a esa pequeña congregación.  El camarero se acercó, dejando encima de la luna llena de la mesa, una carta plastificada. Lo hizo con un gesto no tanto brusco como descuidado, acompañado de un casi inaudible saludo. Era un tipo escurrido y bajo, con el pelo corto y tirado hacia la frente  en un flequillo despuntado. De palidez enfermiza, que se decía antes. y de ligero amaneramiento.
La clientela se repartía por lo demás  entre extranjeros, sobre todo norteamericanos, fascinados por la exuberancia tan europea del lugar;  parejas que encontraban allí un lugar romántico donde arrullarse; tertulianos nostálgicos y gentes que como yo en ese momento, buscaban un lugar donde recoger el ánimo.
  El camarero volvió a parapetarse tras la barra que semejaba un  baluarte, en su recia construcción de madera de nogal teñido hacia los oscuros, con cuarterones en el frente y tapa de gruesa cornisa escalonada. Y desde luego  era buen refugio para aquel chico, al que su corta talla no permitía sino rebasar en lo justo, los hombros y la cabeza, sobre el nivel de la barricada, desde la que miraba  entre atento y desconfiado. Le observé y esta imagen me hizo recordar otra, pues hay veces que pareciera como si las sinapsis neuro-nales se dedicasen a jugar con los recuerdos, pretéritos o próximos, en un juego de cam-balache, que termina en una rememoración que, en ocasiones, nos parece disparatada.
 Así pues, me vino a buscar una anécdota, acaecida, hacía ya bastantes años - ¡Y tan-tos! - en uno de mis viajes.

Paseaba una noche de entre semana, por una calle de Atenas, poco andada de almas a esas horas. Acababa de cenar y me dirigía al hotel sito en el centro de la ciudad dando un paseo, cuando me abordó un tipo de buen aspecto, apuntando canas y vestido de traje y corbata, quien, tras un cordial saludo en inglés me sugirió el tomar una copa en un lugar estupendo, según su verborrea de “relaciones públicas” del establecimiento. A mis veinte y no muchos años, me había recorrido medio mundo y era consciente del tipo de lugar al que me invitaba a acudir.  Bueno. Acepte el ofrecimiento con la intención de acumular una nueva experiencia vital.
   Mi curiosidad me ha llevado  siempre a mirar en todos los rincones del mundo y  de las gentes que he conocido, aunque tuvieran telarañas.
Con esta disposición y el único interés de dejar pasar algo de tiempo antes de encerrarme en la habitación del hotel, seguí al individuo unos pocos metros. Breve distancia y breve tiempo en recorrerla que mi cicerone aprovechó para preguntarme con amabilidad de donde venia, si me gustaba la ciudad y todas esas cosas que se preguntan a un foráneo.
El hombre se paró frente a un portal en el que entramos Ascendimos un par de tramos de una escalera, que más parecía el decorado de una película gótica,  para desembarcar en lo que recuerdo era semejante a una cueva de paredes desconchadas y dividida la  pequeña estancia en dos, al menos lo que estaba a la vista inmediata del cliente.  La parte anterior con la barra y otra, separada de la primera por un arco, con sofás sin respaldos, como los de las antiguas boîtes setenteras, a modo de  reservado casposo. El ambiente era propio de la cinematografía de un Berlanga  heleno. Cuatro fulanitas de tal, sin nada en ellas que merezca un recuerdo exacto,  bailaban unas con otras, de puro aburrimiento . Y tras la barra mustia, un camarero jorobado (lo juro), un Quasimodo del alterne. Lo esperpéntico del momento y el lugar, no me amedrentó sino que. al contrario, me inspiró, como fiel seguidor Valle-Inclaniano , pues era de una sordidez cándida y hasta inocente en su miseria.  Me senté con naturalidad en un taburete frente a la barra y enseguida se me acercó una chica. Un personaje  que nada tenía que ver con el cuadro al que pertenecía. Una  inglesita joven, de pelo largo, rubio y lacio. De formas menudas y semblante agradable.  Era una rosa inglesa, en un campo de cardos. No recuerdo su nombre. Quizás Jenny. Algo así me suena. Si recuerdo su  mirada lánguida y ensoñadora, acentuado ese aspecto por el color azul claro de sus ojos que se miraban en los míos del mismo color, un poco más entonados quizás.  Un encanto. Fue como tomar una copa con una amiga. Una charla exenta de cualquier referencia a su oficio y sin que mediase proposición alguna, salvo la de tener que pagarle un par de copas, como es de costumbre.  Se nos pasó el rato así, dando sorbos cortos a las bebidas que el cheposo barman nos sirvió, mirándonos a los ojos y charlando sobre su país, sobre el mío, sobre muchas cosas salvo de su vida, de cómo y porqué había acabado allí,  en aquel agujero áspero en el que no pegaba su dulzura. Era difícil,  viéndola, imaginarla ejerciendo su oficio, seduciendo a cualquier gañan insensible y tosco. Quizás fuera más fácil entender el sabor de boca que le quedase tras ese encuentro oscuro y no deseado. Quisiera haber visto tras su iris azulino su alma, las heridas en esta. Pero no. Preferí recrearme en ella misma,  apartando cualquier otra imagen recurrente, creando un espacio aparte para nosotros en ese rato, sacándola de allí en la alfombra voladora de nuestra conversación. Creo que ella lo agradeció. Lo decían sus ojos, su sonrisa.  Al día siguiente debía levantarme temprano y cuando lo creí oportuno, me despedí de ella con dos besos en las mejillas y tras saludar a mi anfitrión con un apretón de manos,  marché de allí  arrastrando una agradable sensación.  Que poco se imaginara ella que permanecería en mi memoria más de veinte años después de encontrarnos en aquel cuchitril. Yo tampoco

     Una sonrisa puso fin a ese recuerdo y me concentré en leer la carta de productos que el ambigú ofrecía..  Para cuando el escuálido  garçon, que diría el gabacho, se acercó, libreta de comandas en una  mano y haciendo molinetes con el bolígrafo, me había decidido por una sugerente combinación de té, santificado con un poco de licor. El camarero volvió grupas y al poco el silbido de la cafetera, anunciaba la preparación de mi bebida que me fue servida de forma elegante, en una pequeña tetera de porcelana, de panza regordeta y florcitas azules,  una taza a juego, donde se vertieron las gotas de ambrosia y una chocolatina, cortesía de la casa. Le di las gracias al chaval, mirándole  educadamente a la cara, aunque su rostro no esbozo gesto alguno de cortes correspon-dencia, limitándose a musitar no se que, entre dientes y volver presuroso a su santa san-torum, donde desde hacía poco. le acompañaba otro empleado y al parecer del agrado de este, pues una vez los dos tras la barra, mudó el semblante serio del explorador quien, dejando la bandeja sobre la barra, con un ademán más apasionado que el realizado al servirme a mi, intercambió sonrisas y parloteo con el compadre.
Mientras dejaba reposar el cocimiento  en su útero de loza, mordisquee la chocolatina, rasgué el sobre de azúcar, echando la mitad de su contenido en la taza, con maneras de autómata, sin mirar. La carta de productos continuaba sobre la mesa y al ser esta de un diámetro no muy grande, me producía una sensación de agobio tenerla allí, junto al servicio de té, un cenicero redondo de grueso cristal traslucido y mis trastos personales, a la sazón.  una libreta de tapas de cartón rígido y la pluma que había rescatado del bolsillo del abrigo antes de sentarme. El cenicero me era totalmente prescindible y me deshice de él dejándolo sobre una mesa contigua. Iba a hacer lo mismo con el epistola-rio cafetero cuando me fijé en el nombre que, tipografiado en letra caligráfica, de rabos exagerados, aparecía en lo que seria la cubierta, lo que hizo detenerme en mi intento de expulsión.
     “El Café de las Horas”
Así rezaba. Y me pareció un nombre peculiar  e interesante.
Pero ¿las horas de qué?
Quizás de las horas muertas, aquí pasadas. Asesinadas por la indolencia y el no saber que hacer.
De las horas vividas.  Aquellas que  marcan a hierro el alma y provocan el recuerdo.        
De la hora buena, del descubrimiento, del bienestar.
De la mala hora, en que tomamos decisiones incorrectas que nos tuercen el camino.     
  De la hora del encuentro,  en que recurres o acudes a encontrar  una ilusión el roce de una piel, de una mano que sujetar, de unos labios que besar.
 De la hora del desencuentro, del momento de la ruptura, del fin del encantamiento, de los besos que ya se volverán a dar, de las caricias que no se volverán a sentir. De las palabras que ya no se dirán.
De la hora menguada, de pésimos augurios que te oprimen el corazón y que pretendes burlar, con la ayuda del alcohol.
 De la hora tardía, en que dejaste escapar esa oportunidad de sentir, de vivir, de conocer.
 En fin, quizás de todas las horas de todas las vidas de todos los hombres. Horas iguales y distintas a las de los demás. Horas en que compartes, aunque solo sea el aire que respiras. Horas en que te sientes sólo en medio de la multitud. Horas que dedicas a los demás, a ti.
 Luego, en ese lugar y en ese momento se estaban congregando una serie de personas iguales en su humanidad y diversas en sus experiencias, en sus vidas, en  historias, particulares. Se congregaban como átomos de  un todo universal, que en si mismos eran un universo.
  Lancé juguetonamente la carta, que tras un breve planeo, aterrizó sobre la mesa con-tígua, resbalando  por  la superficie pulida,  deteniéndose en su malabarismo al chocar con el cenicero. Acerque la taza y vertí en ella el brebaje hasta casi alcanzar el borde y me la llevé a los labios para sorber la bebida con cierta precaución, ya que aún quema-ba, como atestiguan los dedos que  asían la jícara.   Tras unos sorbos, volví a dejarla so-
bre el platito y los mande a hacer compañía a la tetera al fondo de la mesa, dejando li-bre el espacio de esta más cercano a mi. Limpié con la servilleta las gotas derramadas y puse delante mía el cuaderno de notas. Lo abri y destapé  parsimoniosamente la pluma .  Tenia  sincera intención de comenzar a garabatear los pensamientos que se esbozaban en mi cabeza,  pero mi enrevesamiento mental seguía oprimiendo  mi entendimiento intelectual y no me era posible concentrarme lo suficiente para escribir algo coherente. Releí las páginas precedentes buscando inspiración, pero abandoné el intento, volviendo a tapar la estilográfica, depositándola sobre el cuaderno.
     Levanté la cabeza, apoyando la barbilla sobre la palma abierta de mi mano izquierda, hincando el codo en la mesa. En esa postura mis ojos se dedicaron, por entretenerse,  a pasear la vista  por el café de un extremo a otro de este.
     Desde que estaba allí, se habían ido sumando gentes a la velada, terminándose de reunir el elenco de la representación de esa noche, el cuál se correspondía al que yo re-cordaba de otras ocasiones. Ya se había formado un corrillo de amigos, de común deno-minador , que necesitaron juntar dos mesas, no sin estrépito, para poder platicar entre ellos, haciendo converger las cabezas hacia el centro de la elipse que formaban. No lejos de ellos, el inevitable grupo de yanquis.  Cuatro mujeres y un par de chicos, reconocibles tanto por el idioma, como por el aspecto.  Un grupito de chicas, estudiantes, por las carpetas que iban apilando en una silla y que eran las que más bulla aportaban al murmullo ambiente, que, por lógica, había ido ascendiendo en intensidad, según aumentaba el aforo, pero se mantenía en un nivel apropiado para entablar una conversación sin dejarte la garganta en la acción e incluso se hacia audible ,en sufi-ciencia, la música clásica que ofrecía a quien la escuchase, la sonorización del café.. Por supuesto, ocupando los ángulos se veían a un par de parejas y en una pequeña sección del local, relativamente separado del resto, se empezaba a formar lo que me parecía una reunión de corte tertuliano.
      Empezaba a encontrarme muy a gusto, habiéndome dado una tregua en mi lucha in-terna, atenuándose la ansiedad que esta me  producía.
     Sí, aunque en soledad, experimente el calor que proporciona un ambiente sugerente, del que el destino me había proporcionado numerosas oportunidades de disfrutar. Noches de tertulia apasionada donde confraternizaban el sol y sombra con el pacharán, la poesía con la política, el arte con la filosofía. Ocasiones únicas para el intercambio de ideas, de pensamientos y vivencias.  Cenáculos de donde salen recetas infalibles para curar todos los males del mundo.  Orgías del pensamiento de arrebatador estrado de inspiración.
     Podía haberme acercado a esa tertulia que andaba gestándose a pocas mesas de mí, pero en ese momento prefería ser espectador que actor.  Dejar de lado mi actitud de es-eta egocéntrico, para convertirme en un Flâteur romántico, dejándome seducir por  el entorno, para convertirme, parafraseando a Baudelaire, en un pintor de la vida que se desarrollaba a mi alrededor  y dejando a un lado mis propios pensamientos e inquietu-des,  para centrarme en adivinar las de los demás,  haciendo un ejercicio de ficción so-bre la vida de aquellos que se mostraban ante mis ojos
     Y después de volver a beber, ahora un trago largo, empecé a confeccionar ese libro de la historia particular de los congregados en ese universo singular en que el café se había convertido para mí en esa noche. Recorrería cada uno de los grupos para, observar sus gestos, su actitud y fisgonear en su intimidad.
  Y con este juego me dieron las horas tantas.
De nuevo la calle me recibió. Me arrebuje en el abrigo y guarde mis pensamientos, en uno de los cajones de la memoria.
Di unos cuantos pasos y me giré. Por una de las ventanas contemple el retazo visible de ese microuniverso que como un alienígena en viaje de fin de curso, acababa de visitar.
Alcé los ojos. Sobre la entrada del local el rótulo:
El café de las horas.